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Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos. Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año I, NºII                                                                                                       Julio-Septiembre de 2005 

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La Consigna de las Seis Horas y la Desocupación

por Rolando Astarita*

 * Docente de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de Quilmes.

En los últimos tiempos varios grupos de izquierda y movimientos de desocupados relanzaron (había sido propuesta ya en los noventa) la consigna de seis horas de trabajo, sin reducción de salarios. El objetivo es eliminar la desocupación. Esta demanda aparece, en principio, como una solución sencilla al drama de la desocupación.

Sin embargo, cuando se analizan las condiciones en que se puede aplicar la medida, se advierte que no sólo no es una solución, sino que puede empeorar la situación de la clase obrera de conjunto. En este respecto lo sucedido en Francia constituye un toque de alerta. Allí se logró la ley de las 35 horas de trabajo semanal, pero a poco de su aplicación los sindicatos debieron admitir que se había convertido en un “caballo de Troya” de la patronal para avanzar la flexibilización y precarización laboral. Como explica un analista:

La patronal tiende a “cambiar” las 35 horas por una mayor flexibilidad y una mayor amplitud de horarios. … Como contrapartida de una baja de la duración media anual, se ha hecho posible trabajar hasta 10 horas por día y 48 horas por semana. No sólo el sistema ha permitido no pagar más las horas suplementarias, sino que además las contrapartidas no siempre están bien establecidas… [1]

Pero además las 35 horas en Francia no han acabado el desempleo; ni siquiera lo han reducido de manera significativa –dado que la inversión sigue débil- y ha aumentado la precarización del trabajo. Más en general, la experiencia histórica no demuestra que la reducción de la jornada de trabajo haya reducido tendencialmente la desocupación. Por ejemplo, en las décadas de 1950 y 1960 en Europa el promedio anual de horas trabajadas era superior al de las últimas dos décadas; pero la desocupación era más baja en las décadas de 1950 y 1960 que en las décadas de 1990 o 2000.

Estas experiencias nos llevan por lo tanto a analizar las condiciones materiales en que se puede aplicar la reducción de la jornada de trabajo para acabar con la desocupación[2]. Este análisis debería ayudar a elaborar tácticas correctas y a no desgastar al movimiento[3]. Precisamente lo que diferencia al marxismo del socialismo utópico es que el primero asienta su política en las condiciones materiales, no en “ideales” ni en elucubraciones salidas de la cabeza de gente de buena voluntad. Empezamos entonces analizando algunas cuestiones teóricas; nos basamos en El Capital de Marx.


Jornada de trabajo y valor de la fuerza de trabajo

Lo primero a aclarar es que en la sociedad capitalista la duración de la jornada de trabajo responde a leyes distintas de las que rigen la desocupación. La jornada de trabajo tiene que ver con las leyes del intercambio mercantil. En el mercado se enfrenta el capitalista con el obrero, el primero como comprador y el segundo como vendedor de la fuerza de trabajo. Según las leyes del intercambio, el primero procura extraer la máxima utilidad de la mercancía que compra, y por lo tanto intenta que el obrero trabaje el máximo de horas, con la máxima intensidad. En ese sentido tiene un derecho adquirido, porque la mercancía fuerza de trabajo le pertenece por el tiempo que la ha contratado. Por otra parte el trabajador trata que no haya “expoliación”, y exige una jornada de trabajo “normal”. “Normal” aquí se define como el tiempo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo. Esto es, el obrero lucha para que su mercancía no se deteriore prematuramente, porque está obligado a seguir vendiéndola día tras día. Si la jornada de trabajo es demasiado larga, el tiempo de descanso no será suficiente para reponer el desgaste sufrido durante la jornada laboral; él también tiene derecho. Por lo tanto

[t]iene lugar aquí… una antinomia: derecho contra derecho, signados ambos de manera uniforme por la ley del intercambio mercantil. Entre derechos iguales decide la fuerza. Y de esta suerte, en la historia del capitalismo la reglamentación de la jornada laboral se presenta como lucha en torno a los límites de dicha jornada, una lucha entre el capitalista colectivo, esto es, la clase de los capitalistas, y el obrero colectivo, o sea, la clase obrera[4].

La fijación en seis horas de la jornada laboral en Subterráneos de Buenos Aires responde a esta lógica. Lo que está en juego es la reproducción de la fuerza de trabajo; los obreros que realizan trabajos insalubres piden trabajar menos horas porque necesitan más tiempo para reproducir en condiciones normales su fuerza de trabajo. La patronal quiere prolongar todo lo posible la jornada. Ambos reclaman derechos que derivan por igual de las leyes del mercado y por eso decidió la fuerza. La fijación de las seis horas es una conquista de la clase obrera obtenida a partir de una relación de fuerzas particular.


La desocupación y la acumulación del capital

Muchos compañeros quieren trasladar el éxito que se consiguió en Subterráneos de Buenos Aires al conjunto del movimiento obrero. Su razonamiento es: “si en subterráneos se lograron las seis horas, se demuestra que es posible extender esta conquista al conjunto; de esta manera podremos bajar la desocupación”.

Sin embargo, y en contraste con la duración de la jornada laboral, el nivel de desocupación no se fija a partir una relación de fuerzas entre las clases. Esto porque la magnitud del ejército industrial de reserva obedece a una lógica que tiene que ver con “la ley de la población que es peculiar al modo de producción capitalista”[5], no con la ley del intercambio mercantil. Es que la sobrepoblación obrera es un producto del desarrollo capitalista; y a la vez es una palanca de la acumulación y una  “condición vital de la industria moderna”[6]. El ejército de desocupados pone un techo objetivo al ascenso del salario por encima de determinado nivel que pueda poner en peligro la ganancia del capital; y permite que funcionen los ciclos capitalistas, o sea, las expansiones y contracciones de la acumulación.

La propia acumulación capitalista genera desocupación porque:

a)      a medida que se acumula aumenta la intensidad del trabajo;

b)      se promueve el sobre-trabajo de los ocupados;

c)      se promueve la incorporación de fuerzas de trabajo desprotegidas, como el trabajo infantil y los inmigrantes;

d)      y se impulsa la mecanización, el reemplazo de la fuerza de trabajo viva por la máquina.

Lo importante entonces es comprender que si por un lado la acumulación aumenta la demanda de trabajo, por otra parte acrecienta la oferta de obreros que son “puestos en libertad”[7]. Esto explica que

…hasta cierto punto la oferta de trabajo sea independiente de la oferta de obreros. El movimiento de la ley de la oferta y demanda de trabajo completa, sobre esta base, el despotismo del capital[8].

Marx llama a ésta una “ley natural de la producción capitalista”. El ejército industrial de reserva se recrea con independencia de las variaciones de la población porque su existencia responde a una ley interna del modo de producción capitalista. Pero si la oferta de trabajo es independiente de la oferta de obreros, el ejército de desocupados no puede ser alterado modificando la oferta de obreros con argucias legales.


La aplicación de la consigna

Veamos ahora lo anterior aplicado a la consigna de las seis horas en Argentina. Hoy (año 2004) gran parte de los trabajadores tienen salarios de entre $400 a $600 mensuales; esto significa entre $2 y $3 por hora. Estos salarios miserables obligan a los trabajadores ocupados a hacer horas extras o a intentar el pluriempleo. Por otra parte, el trabajo cada vez está más precarizado: el 70% del empleo creado en la reciente recuperación es en negro. Además, cientos de miles de niños y niñas están incorporados al trabajo, así como miles de trabajadores inmigrantes, desprovistos de todo derecho. Estas capas de la clase obrera, las más débiles, presionan hacia abajo las condiciones laborales generales. Por último, la burocracia sindical sigue reinando en los sindicatos.

Con este panorama la reducción del tiempo de trabajo para aumentar los ocupados  presupone acabar con las horas extra. Por lo tanto, quienes defienden esta medida deberían comenzar, como primer paso, una campaña para que todos los trabajadores dejen ya de hacer horas extra. Además, deberían impulsar la supresión de las horas suplementarias en donde tienen influencia sindical; lanzar una campaña contra la restitución de las horas extra en el Estado, que piden muchos trabajadores; en gremios como docentes, llamar a los que tienen dos puestos a quedarse con uno para abrir posibilidades de trabajo; y denunciar a la burocracia sindical por no luchar por la eliminación de las horas extra y el pluriempleo.

Todo esto parece elemental. Sin embargo en ningún lado se está llevando adelante una campaña de este tipo. ¿Por qué? La respuesta es  sencilla: porque es imposible decirle a un trabajador que apenas gana lo suficiente para reproducir su fuerza de trabajo que no haga horas extra o no tenga otro empleo.

Pero las dificultades se potencian cuando pensamos en un escenario generalizado de seis horas de trabajo, con los salarios actuales. Es que si una persona trabaja seis horas y gana $500, por ejemplo, va a intentar conseguir otro empleo para subir su ingreso. De manera que la oferta de trabajo se va a mantener muy alta. Esto es, se va a verificar lo que sostenía Marx, que la oferta de trabajo es independiente, hasta cierto punto, de la oferta de obreros. Por lo tanto la consigna de las seis horas debería ser acompañada del pedido de un aumento del 200% o 300% de los salarios (alguien que gane $1000 por mes tal vez no intente hacer horas extra o tener alguna “changa”). Recuérdese que, a fin de que la reducción de la jornada de trabajo sea efectiva en cuanto al desempleo tenemos que eliminar la presión que surge de la misma clase obrera por conseguir horas extraordinarias y que aumenta la oferta de trabajo. Por eso la medida debería acompañarse también de la eliminación del empleo en negro y del trabajo infantil, de la legalización de los inmigrantes y la derrota de la burocracia sindical (y aún así quedaría la amenaza del reemplazo del trabajo por la máquina).

Pero además debería impedirse que los aumentos salariales se trasladaran a precios; si se consiguen aumentos del 100% (y es poco para lo que necesitamos) y la patronal aumenta los precios el 100%, estaríamos en el punto de partida. Todo esto exige modificar en términos reales, y de manera radical, la relación entre tiempo de trabajo pagado y tiempo de trabajo excedente. Lo cual implica una transformación profunda del valor de la fuerza de trabajo. Pero dado que el valor de la fuerza de trabajo está fijado por el desarrollo de las fuerzas productivas, el ciclo económico y la relación de fuerzas entre las clases, un cambio de esta magnitud hoy no tiene bases para materializarse.


El peligro de la mayor precarización del trabajo

Si el valor de la fuerza de trabajo no puede cambiarse en la magnitud requerida para eliminar las horas extra y el pluriempleo, llegamos a la conclusión de que la consigna de las seis horas daría como resultado, si se convierte en ley, una mayor precarización del trabajo. El caso del trabajador que gana $500 en seis horas y sale a buscar otro trabajo sería la regla. Aumentaría así la presión sobre el mercado laboral. De manera que millones terminarían ofreciendo su fuerza de trabajo para “changas” de todo tipo, por salarios miserables. Con lo cual se habrían suplantado las horas extraordinarias “en blanco” por la generalización del trabajo part-time y mal pagado.

La razón de fondo de este escenario es el intento de cambiar un fenómeno como la desocupación, que responde a las leyes de la acumulación capitalista, con una medida que responde a otra lógica, la vinculada a la compra y venta de la fuerza de trabajo. La determinación del valor de la fuerza de trabajo es la precondición de la acumulación, ya que el capital invierte a partir de que está determinado el valor de la fuerza de trabajo[9]. A su vez es la acumulación la que determina la sobrepoblación obrera. Por lo que se demuestra que es  prioritario encarar la cuestión del valor de la fuerza de trabajo; lo cual remite a la lucha por el salario, contra el trabajo en negro y por el seguro de desempleo. Reivindicaciones que están planteadas hoy con urgencia y son básicas.  

Por supuesto, alguno puede argumentar que las seis horas deberán ser acompañadas del control obrero de la producción y medidas similares. Pero esto implica un programa de transición hacia un régimen socialista. Lo cual demanda el triunfo de una revolución obrera y la destrucción del Estado burgués (¿o alguien tiene confianza en que el gobierno de Kirchner va a iniciar la transición al socialismo?). Y hoy, dados el nivel de conciencia, organización y lucha del movimiento obrero, no está planteada como posibilidad el triunfo de una revolución.


A modo de conclusión

En base a lo analizado se puede afirmar que el planteo de seis horas de trabajo para acabar con la desocupación, dentro del sistema capitalista, es erróneo. No se puede generalizar la experiencia de Subterráneos de Buenos Aires porque ésta corresponde a una lógica distinta de la que rige la ley de la población excedente. Dadas las condiciones en que se aplicarían las seis horas, ocasionarían más flexibilización y precarización laboral. La experiencia de Francia –donde la izquierda tuvo tradicionalmente más fuerza que en Argentina, hay mayor desarrollo de las fuerzas productivas y un nivel de vida de la clase obrera más elevado- debería hacer reflexionar sobre esta cuestión. Que en alguna empresa las seis horas hayan servido para evitar despidos en períodos de crisis (hubo acuerdos de este tipo en Alemania, por ejemplo) no significa que la desocupación pueda reducirse de manera significativa, y en general, por esta vía. En todo caso, a cambio de algún punto de caída en el porcentaje de los desocupados se tendrá mayor precarización y más trabajo en negro. Este es el programa de los economistas neoliberales, que dicen que si bien la flexibilización implica una caída de “privilegios” para los ocupados, permite bajar el desempleo. Pero la izquierda no debería compartir este desgraciado argumento. Explicar las condiciones reales en que se realiza la acumulación, cuál es el arma del capital para someter a la clase obrera, conocer las condiciones de lucha, plantearse los objetivos reivindicativos en ese marco (sin ilusiones, sin objetivos disparatados), lejos de desmoralizar, abona el terreno para un avance de la conciencia de clase.         

                                                                                               


[1] M. Bulard “Menaces sur les 35 heures” en Le Monde Diplomatique septiembre 1999.  
[2]
La necesidad de analizar cuáles son las condiciones en que se aplicará una consigna fue subrayada  por Lenin; nos hemos referido a esta cuestión extensamente en la Crítica al Programa de Transición. 
[3] Alguna gente piensa que cualquier reivindicación es progresiva y ayuda a la evolución de la conciencia y avance de la organización. Pero no es así. Sobran los ejemplos históricos de movimientos sociales que se frustran y desmoralizan porque los objetivos estaban mal planteados. Por ejemplo, los movimientos que en el siglo 19 pretendían en Francia acabar con la explotación prohibiendo el interés o creando un banco nacional que suprimiera el dinero, terminaron en el fracaso. 
[4]
Marx, El Capital México, Siglo XXI, 1999, t. 1 p. 282.
[5] Ibíd. p. 785-786.
[6]
Ibíd. p. 786.
[7] Por otra parte, si en algún momento la intensidad de la acumulación provoca una reducción del ejército de desocupados de magnitud tal que permita a la clase obrera ejercer una presión que ponga en peligro la ganancia del capital, la inversión se debilita; y a partir de esta caída de la inversión el ejército de desocupados vuelve a crecer.
[8]
El Capital ed. cit. t. 1 p. 797.
[9]
Marx insiste en este tema en su análisis de la teoría de los fisiócratas; véase Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago, t. 1 pp. 38-39.

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Sec. Ex. Univ. - UNQ