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La
Consigna de las Seis Horas y la Desocupación
por
Rolando
Astarita*
*
Docente de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional
de Quilmes.
En
los últimos tiempos varios grupos de izquierda y movimientos de
desocupados relanzaron (había sido propuesta ya en los noventa)
la consigna de seis horas de trabajo, sin reducción de
salarios. El objetivo es eliminar la desocupación. Esta demanda
aparece, en principio, como una solución sencilla al drama de
la desocupación.
Sin
embargo, cuando se analizan las condiciones en que se puede
aplicar la medida, se advierte que no sólo no es una solución,
sino que puede empeorar la situación de la clase obrera de conjunto. En este
respecto lo sucedido en Francia constituye un toque de alerta.
Allí se logró la ley de las 35 horas de trabajo semanal, pero
a poco de su aplicación los sindicatos debieron admitir que se
había convertido en un “caballo de Troya” de la patronal
para avanzar la flexibilización y precarización laboral. Como
explica un analista:
La
patronal tiende a “cambiar” las 35 horas por una mayor
flexibilidad y una mayor amplitud de horarios. … Como
contrapartida de una baja de la duración media anual, se ha
hecho posible trabajar hasta 10 horas por día y 48 horas por
semana. No sólo el sistema ha permitido no pagar más las horas
suplementarias, sino que además las contrapartidas no siempre
están bien establecidas… [1]
Pero
además las 35 horas en Francia no han acabado el desempleo; ni
siquiera lo han reducido de manera significativa –dado que
la inversión sigue débil- y ha aumentado la precarización del trabajo. Más en general, la
experiencia histórica no
demuestra que la reducción de la jornada de trabajo haya
reducido tendencialmente la desocupación. Por ejemplo, en
las décadas de 1950 y 1960 en Europa el promedio anual de horas
trabajadas era superior al de las últimas dos décadas; pero la
desocupación era más baja en las décadas de 1950 y 1960 que
en las décadas de 1990 o 2000.
Estas
experiencias nos llevan por lo tanto a analizar las condiciones materiales en que se puede aplicar la reducción de
la jornada de trabajo para acabar con la desocupación[2].
Este análisis debería ayudar a elaborar tácticas correctas y
a no desgastar al
movimiento[3].
Precisamente lo que diferencia al marxismo del socialismo utópico
es que el primero asienta su política en las condiciones materiales, no en “ideales” ni en elucubraciones salidas de la
cabeza de gente de buena voluntad. Empezamos entonces analizando
algunas cuestiones teóricas; nos basamos en El
Capital de Marx.
Jornada de trabajo y valor de la fuerza de trabajo
Lo
primero a aclarar es que en la sociedad capitalista la duración
de la jornada de trabajo responde
a leyes distintas de las que rigen la desocupación. La
jornada de trabajo tiene que ver con las leyes del intercambio
mercantil. En el mercado se enfrenta el capitalista con el
obrero, el primero como comprador y el segundo como vendedor de
la fuerza de trabajo. Según las leyes del intercambio, el
primero procura extraer la máxima utilidad de la mercancía que
compra, y por lo tanto intenta que el obrero trabaje el máximo
de horas, con la máxima intensidad. En ese sentido tiene un
derecho adquirido, porque la mercancía fuerza de trabajo le
pertenece por el tiempo que la ha contratado. Por otra parte el
trabajador trata que no haya “expoliación”, y exige una
jornada de trabajo “normal”. “Normal” aquí se define
como el tiempo necesario
para la reproducción de la fuerza de trabajo. Esto es, el
obrero lucha para que su mercancía no se deteriore
prematuramente, porque está obligado a seguir vendiéndola día
tras día. Si la jornada de trabajo es demasiado larga, el
tiempo de descanso no será suficiente para reponer el desgaste
sufrido durante la jornada laboral; él también tiene derecho.
Por lo tanto
[t]iene
lugar aquí… una antinomia: derecho contra derecho, signados
ambos de manera uniforme por la ley del intercambio mercantil.
Entre derechos iguales decide la fuerza.
Y de esta suerte, en la historia del capitalismo la reglamentación de la jornada laboral se presenta como
lucha en torno a los límites de dicha jornada, una lucha
entre el capitalista colectivo, esto es, la clase
de los capitalistas, y el obrero colectivo, o sea, la clase
obrera[4].
La
fijación en seis horas de la jornada laboral en Subterráneos
de Buenos Aires responde a esta lógica. Lo que está en juego
es la reproducción de la fuerza de trabajo; los obreros que
realizan trabajos insalubres piden trabajar menos horas porque
necesitan más tiempo para reproducir en condiciones normales su
fuerza de trabajo. La patronal quiere prolongar todo lo posible
la jornada. Ambos reclaman derechos que derivan por igual de las
leyes del mercado y por eso decidió la fuerza. La fijación de
las seis horas es una conquista de la clase obrera obtenida a
partir de una relación de fuerzas particular.
La
desocupación y la acumulación del capital
Muchos
compañeros quieren trasladar el éxito que se consiguió en
Subterráneos de Buenos Aires al conjunto del movimiento obrero.
Su razonamiento es: “si en subterráneos se lograron las seis
horas, se demuestra que es posible extender esta conquista al
conjunto; de esta manera podremos bajar la desocupación”.
Sin
embargo, y en contraste con la duración de la jornada laboral,
el nivel de desocupación no
se fija a partir una relación de fuerzas entre las clases.
Esto porque la magnitud del ejército industrial de reserva
obedece a una lógica que tiene que ver con “la ley de la
población que es peculiar al modo de producción capitalista”[5],
no con la ley del intercambio mercantil. Es que la sobrepoblación
obrera es un producto del desarrollo capitalista; y a la vez es
una palanca de la acumulación y una
“condición vital de la industria moderna”[6].
El ejército de desocupados pone un techo objetivo al ascenso
del salario por encima de determinado nivel que pueda poner en
peligro la ganancia del capital; y permite que funcionen los
ciclos capitalistas, o sea, las expansiones y contracciones de
la acumulación.
La
propia acumulación capitalista genera desocupación porque:
a)
a medida que se acumula aumenta la intensidad del
trabajo;
b)
se promueve el sobre-trabajo de los ocupados;
c)
se promueve la incorporación de fuerzas de trabajo
desprotegidas, como el trabajo infantil y los inmigrantes;
d)
y se impulsa la mecanización, el reemplazo de la fuerza
de trabajo viva por la máquina.
Lo
importante entonces es comprender que si por un lado la
acumulación aumenta la demanda de trabajo, por otra parte
acrecienta la oferta de obreros que son “puestos en
libertad”[7].
Esto explica que
…hasta
cierto punto la oferta de trabajo sea independiente de la oferta de obreros. El
movimiento de la ley de la oferta y demanda de trabajo completa,
sobre esta base, el despotismo del capital[8].
Marx
llama a ésta una “ley
natural de la producción capitalista”. El ejército
industrial de reserva se recrea con independencia de las
variaciones de la población porque su existencia responde a una ley interna del modo de producción
capitalista. Pero si la oferta de trabajo es independiente
de la oferta de obreros, el ejército de desocupados no puede
ser alterado modificando la oferta de obreros con argucias
legales.
La
aplicación de la consigna
Veamos
ahora lo anterior aplicado a la consigna de las seis horas en
Argentina. Hoy (año 2004) gran parte de los trabajadores tienen
salarios de entre $400 a $600 mensuales; esto significa entre $2
y $3 por hora. Estos salarios miserables obligan a los
trabajadores ocupados a hacer horas extras o a intentar el
pluriempleo. Por otra parte, el trabajo cada vez está más
precarizado: el 70% del empleo creado en la reciente recuperación
es en negro. Además, cientos de miles de niños y niñas están
incorporados al trabajo, así como miles de trabajadores
inmigrantes, desprovistos de todo derecho. Estas capas de la
clase obrera, las más débiles, presionan hacia abajo las
condiciones laborales generales. Por último, la burocracia
sindical sigue reinando en los sindicatos.
Con
este panorama la reducción del tiempo de trabajo para aumentar
los ocupados presupone acabar con las horas extra. Por lo tanto, quienes
defienden esta medida deberían comenzar, como primer paso, una
campaña para que todos los trabajadores dejen
ya de hacer horas extra. Además, deberían impulsar la
supresión de las horas suplementarias en donde tienen
influencia sindical; lanzar una campaña contra la restitución
de las horas extra en el Estado, que piden muchos trabajadores;
en gremios como docentes, llamar a los que tienen dos puestos a
quedarse con uno para abrir posibilidades de trabajo; y
denunciar a la burocracia sindical por no luchar por la
eliminación de las horas extra y el pluriempleo.
Todo
esto parece elemental. Sin embargo en ningún lado se está
llevando adelante una campaña de este tipo. ¿Por qué? La
respuesta es sencilla: porque es imposible decirle a un trabajador que
apenas gana lo suficiente para reproducir su fuerza de trabajo
que no haga horas extra o no tenga otro empleo.
Pero
las dificultades se potencian cuando pensamos en un escenario
generalizado de seis horas de trabajo, con
los salarios actuales. Es que si una persona trabaja seis
horas y gana $500, por ejemplo, va a intentar conseguir otro
empleo para subir su ingreso. De manera que la
oferta de trabajo se va a mantener muy alta. Esto es, se va
a verificar lo que sostenía Marx, que la oferta de trabajo es
independiente, hasta cierto punto, de la oferta de obreros.
Por lo tanto la consigna de las seis horas debería ser acompañada
del pedido de un aumento del 200% o 300% de los salarios
(alguien que gane $1000 por mes tal vez no intente hacer horas
extra o tener alguna “changa”). Recuérdese que, a fin de
que la reducción de la jornada de trabajo sea efectiva en
cuanto al desempleo tenemos que eliminar la presión que surge de la misma clase obrera por conseguir horas
extraordinarias y que aumenta la oferta de trabajo. Por eso la
medida debería acompañarse también de la eliminación del
empleo en negro y del trabajo infantil, de la legalización de
los inmigrantes y la derrota de la burocracia sindical (y aún
así quedaría la amenaza del reemplazo del trabajo por la máquina).
Pero
además debería impedirse que los aumentos salariales se
trasladaran a precios; si se consiguen aumentos del 100% (y es
poco para lo que necesitamos) y la patronal aumenta los precios
el 100%, estaríamos en el punto de partida. Todo esto exige
modificar en términos reales, y de manera radical, la relación
entre tiempo de trabajo pagado y tiempo de trabajo excedente. Lo
cual implica una transformación
profunda del valor de
la fuerza de trabajo. Pero dado que el valor de la fuerza de
trabajo está fijado por el desarrollo de las fuerzas
productivas, el ciclo económico y la relación de fuerzas entre
las clases, un cambio de esta magnitud hoy no tiene bases para
materializarse.
El
peligro de la mayor precarización del trabajo
Si
el valor de la fuerza de trabajo no puede cambiarse en la
magnitud requerida para eliminar las horas extra y el
pluriempleo, llegamos a la conclusión de que la consigna de las
seis horas daría como resultado, si se convierte en ley, una
mayor precarización del trabajo. El caso del trabajador que
gana $500 en seis horas y sale a buscar otro trabajo sería la
regla. Aumentaría así la presión sobre el mercado laboral. De
manera que millones terminarían ofreciendo su fuerza de trabajo
para “changas” de todo tipo, por salarios miserables. Con lo
cual se habrían suplantado las horas extraordinarias “en
blanco” por la generalización del trabajo part-time
y mal pagado.
La
razón de fondo de este escenario es el intento de cambiar un
fenómeno como la desocupación, que responde a las leyes de la
acumulación capitalista, con una medida que responde a otra lógica,
la vinculada a la compra y venta de la fuerza de trabajo. La
determinación del valor de la fuerza de trabajo es la
precondición de la acumulación, ya que el capital invierte
a partir de que está determinado el valor de la fuerza de
trabajo[9].
A su vez es la acumulación la que determina la sobrepoblación
obrera. Por lo que se demuestra que es
prioritario encarar la cuestión del valor de la fuerza
de trabajo; lo cual remite a la lucha por el salario, contra el
trabajo en negro y por el seguro de desempleo. Reivindicaciones
que están planteadas hoy con urgencia y son básicas.
Por
supuesto, alguno puede argumentar que las seis horas deberán
ser acompañadas del control obrero de la producción y medidas
similares. Pero esto implica un programa de transición hacia un
régimen socialista. Lo cual demanda el triunfo de una revolución
obrera y la destrucción del Estado burgués (¿o alguien tiene
confianza en que el gobierno de Kirchner va a iniciar la
transición al socialismo?). Y hoy, dados el nivel de
conciencia, organización y lucha del movimiento obrero, no está
planteada como posibilidad el triunfo de una revolución.
A modo de conclusión
En
base a lo analizado se puede afirmar que el planteo de seis
horas de trabajo para acabar con la desocupación, dentro del
sistema capitalista, es erróneo. No se puede generalizar la
experiencia de Subterráneos de Buenos Aires porque ésta
corresponde a una lógica distinta de la que rige la ley de la
población excedente. Dadas las condiciones en que se aplicarían
las seis horas, ocasionarían más flexibilización y
precarización laboral. La experiencia de Francia –donde la
izquierda tuvo tradicionalmente más fuerza que en Argentina,
hay mayor desarrollo de las fuerzas productivas y un nivel de
vida de la clase obrera más elevado- debería hacer reflexionar
sobre esta cuestión. Que en alguna empresa las seis horas hayan
servido para evitar despidos en períodos de crisis (hubo
acuerdos de este tipo en Alemania, por ejemplo) no significa que
la desocupación pueda reducirse de manera significativa, y en
general, por esta vía. En todo caso, a cambio de algún punto
de caída en el porcentaje de los desocupados se tendrá mayor
precarización y más trabajo en negro. Este es el programa de
los economistas neoliberales, que dicen que si bien la
flexibilización implica una caída de “privilegios” para
los ocupados, permite bajar el desempleo. Pero la izquierda no
debería compartir este desgraciado argumento. Explicar las
condiciones reales en que se realiza la acumulación, cuál es
el arma del capital para someter a la clase obrera, conocer las
condiciones de lucha, plantearse los objetivos reivindicativos
en ese marco (sin ilusiones, sin objetivos disparatados), lejos
de desmoralizar, abona el terreno para un avance de la
conciencia de clase.
M. Bulard “Menaces
sur les 35 heures” en Le Monde Diplomatique
septiembre 1999. La necesidad de analizar cuáles son las
condiciones en que se aplicará una consigna fue subrayada
por Lenin; nos hemos referido a esta cuestión extensamente en la Crítica
al Programa de Transición.
Alguna gente piensa que cualquier reivindicación es progresiva y ayuda a la
evolución de la conciencia y avance de la organización. Pero no es así.
Sobran los ejemplos históricos de movimientos sociales que se frustran y
desmoralizan porque los objetivos estaban mal planteados. Por ejemplo, los
movimientos que en el siglo 19 pretendían en Francia acabar con la
explotación prohibiendo el interés o creando un banco nacional que
suprimiera el dinero, terminaron en el fracaso. Marx, El
Capital México, Siglo XXI, 1999, t. 1 p. 282.
Ibíd. p.
785-786. Ibíd. p. 786.
Por otra
parte, si en algún momento la intensidad de la acumulación provoca una
reducción del ejército de desocupados de magnitud tal que permita a la
clase obrera ejercer una presión que ponga en peligro la ganancia del
capital, la inversión se debilita; y a partir de esta caída de la inversión
el ejército de desocupados vuelve a crecer. El
Capital ed. cit. t. 1 p. 797. Marx insiste en este tema en su análisis
de la teoría de los fisiócratas; véase Teorías
de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago, t. 1 pp. 38-39.
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