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Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos. Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año I, NºII                                                                                                       Julio-Septiembre de 2005 

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Un homenaje a Lenin* 

por Alberto Bonnet**


Cuando Werner Bonefeld y Sergio Tischler me invitaron a escribir un artículo sobre el ¿Qué hacer? de Lenin para el volumen que compilarían, "
A 100 años del ¿Qué hacer?. Leninismo, crítica marxista y la cuestión de la revolución hoy", me encontré ante un verdadero problema. Yo no quería escribir sobre este asunto.

Estaba dispuesto, en cambio, a escribir sobre algunos otros asuntos en los que entonces venía trabajando. Estaba dispuesto a demostrar que el proceso de expansión y socialización de la deuda a escala mundial (como suele decirse, de “financiarización” del capitalismo) debía analizarse dialécticamente como expresión del antagonismo entre capital y trabajo. Para decirlo en otras palabras: que debía analizarse como un resultado de la oleada de la lucha de clases que condujo a la crisis del capitalismo de posguerra y, a la vez, como una respuesta capitalista ante dicha oleada de la lucha de clases. En tanto respuesta, sostenía, ese proceso de expansión y socialización de la deuda instauró una nueva modalidad de comando, un comando del capital-dinero, sobre la acumulación capitalista. Y en tanto resultado de la lucha de clases, y de una lucha de clases que siempre vuelve a expresarse en su seno como crisis, sostenía también, este comando es necesariamente un comando-en-crisis. Hablaba en ese sentido de un comando-en-crisis del capital-dinero y me concentraba en la manera en que ese comando operaba en los capitalismos latinoamericanos. La crisis argentina de la convertibilidad en diciembre de 2001, naturalmente, me incitaba a seguir trabajando en el asunto. Los remito sin más a mi contribución a ese volumen.

Este asunto se relacionaba apenas tangencialmente con los temas planteados por Lenin en su ¿Qué hacer?. Estaba mucho más vinculado, en cualquier caso, con la teoría leninista del imperialismo. En efecto, estaba y sigo estando convencido de que la teoría leninista del imperialismo es muy deficiente, así en su concepción de la acumulación capitalista como en su concepción de la relación entre dicha acumulación y los estados nacionales. Pero, afortunadamente, Bonefeld y Tischler no esperaban que yo hiciera otra cosa y yo por mi parte sabía que ellos y los demás autores de nuestro libro plantearían muchas de las críticas que yo mismo hubiera planteado a la concepción de la política revolucionaria planteada en el ¿Qué hacer? si me hubieran obligado a hacerlo, así que la historia tuvo un final feliz... por lo menos hasta ahora. Porque ahora tampoco tenía ninguna intención de escribir sobre el ¿Qué hacer? de Lenin. Pero resulta que todos vimos las imágenes de los cuerpos de los chicos mutilados, asesinados por los soldados norteamericanos en Irak. Y todos supimos que a todos nos habían declarado la guerra. Y por eso hay que hablar hoy de la revolución, de acabar con el capital y con la guerra, esa guerra que es una de las condiciones de su reproducción. Cada minuto sin revolución es la ocasión para un nuevo crimen del capital. Así que hablemos del ¿Qué hacer?.

Hablar sobre Lenin hoy no es un negocio redituable dentro de la academia y acaso nunca haya sido una práctica que reconfortara el espíritu fuera de ella. Se puede hablar sobre Marx y decir, por ejemplo, que una lectura atenta de El Capital nos da las claves para entender las tendencias globalizantes del capital. Y se estaría diciendo algo correcto. También se puede hablar sobre Adorno y decir, por ejemplo, que su Dialéctica Negativa nos proporciona una excelente concepción de la dialéctica materialista. Y creo que también se estaría diciendo algo cierto. Pero hablar de Lenin... de partido y poder, de táctica y estrategia, de insurrección y dictadura del proletariado... Este personaje de una “crueldad mongólica”, como dijera el honorable y progresista Sir Bertrand Russell, sigue siendo definitivamente politically wrong (políticamente incorrecto). 

Sin embargo, para hablar de la revolución hoy, sigue siendo inevitable volver a Lenin. Y mi malestar a la hora de hablar de Lenin, en nuestros días, es que hacerlo puede llevarnos a un atolladero. Porque el leninismo debe ser rigurosamente criticado y, seguramente, varias de las contribuciones al volumen antes mencionado aportan a dicha crítica. Pero ¿cómo criticar el leninismo evitando, al mismo tiempo, ese anti-leninismo progresista, pluralista, a veces un poco posmo o anarcoide pero siempre profundamente liberal, que siempre implica una vergonzante renuncia a la revolución? Me refiero a esa actitud de quienes ayer festejaron las revoluciones burguesas aunque rechazando sus excesos y que hoy sueñan con revoluciones comunistas aunque evitando inmiscuirse en asuntos de organización, lucha e insurrección revolucionarias –para no referirnos, naturalmente, a quienes apenas quieren el rostro humano sin romper con el capitalismo que lo desfigura. Digamos que, si la paradoja trágica del leninismo consistió en fracasar (en desembocar en una monstruosa dictadura) justamente cuando había triunfado (cuando había hecho la revolución), la paradoja más pedestre de este anti-leninismo es renunciar a triunfar (a hacer la revolución) para evitar fracasar (caer en el consabido totalitarismo). Si nos valiéramos de las figuras hegelianas de la conciencia, Lenin correspondería a la libertad absoluta que conduce al terror, desde luego, y este anti-leninismo “al almas bellas”. Al alma bella, decía Hegel, “le falta la fuerza de la enajenación, la fuerza de convertirse en cosa y de soportar el ser. Vive en la angustia de manchar la gloria de su interior con la acción y la existencia; y para conservar la pureza de su corazón, rehuye todo contacto con la realidad y permanece en la obstinada impotencia...” El leninista, como escribiera Zizek, “rechaza lo que podría llamarse la ‘irresponsabilidad’ izquierdista liberal: abrazar grandes proyectos de solidaridad, libertad, etcétera y, sin embargo, evadirse cuando se debe pagar el precio por ellos bajo la forma de medidas políticas concretas y a menudo ‘crueles’”. El leninista pues “no tiene miedo de pasar al acto, de asumir todas las consecuencias, por más desagradables que sean, de realizar su proyecto político”.    

Pero ¿cómo salir de este atolladero?. La única manera de comenzar a salir, creo, es rechazando las respuestas de Lenin y retomando a la vez sus preguntas. Lenin, dentro de su panfleto, desglosaba la pregunta acerca de ¿qué hacer? en una serie de preguntas más puntuales. Revisemos algunas de esas preguntas. 
¿Qué relación entre conciencia y clase trabajadora?. La respuesta del canon leninista, para retomar la feliz expresión de Tischler, la distinción entre conciencia económico-sindical espontánea y conciencia político-revolucionaria introducida desde afuera por el partido, es hoy inaceptable. Sin embargo, la respuesta a esa pregunta no es sencilla. 
Veamos un ejemplo: el sentido de la consigna “que se vayan todos!” se encaminó en 2001 por un desfiladero (agreguemos: no muy espontáneamente, sino vapuleado por los medios de comunicación), haciendo equilibrio entre una exigencia de autodeterminación potencialmente revolucionaria y una condena a la “clase política” que sustituía a la política por la moral en un expediente típicamente reaccionario. 
¿Cómo debemos intervenir dentro de semejante derrotero de la conciencia social?. La pregunta no es ociosa. 
¿Qué relación entre vanguardia y masas?. La respuesta del canon leninista a esta nueva pregunta, la organización de un partido de vanguardia integrado por revolucionarios profesionales, tampoco es aceptable. 
Nosotros sabemos, por ejemplo, de la intervención a menudo nefasta de ciertos auto-proclamados partidos de vanguardia en las asambleas barriales durante los primeros meses de 2002. Sin embargo, dentro de cada fábrica ocupada, detrás de cada nueva iniciativa barrial del movimiento de desocupados, en cada comité de huelga o comité editor de una revista de izquierda, se encuentra el empuje de individuos que, por diversas razones personales y/o generacionales, son en los hechos miembros de una vanguardia social y política. 
¿Cómo concebimos nosotros la inserción de esta vanguardia en el conjunto del movimiento?. Tampoco esta pregunta es ociosa. 
¿Qué organización?. La respuesta del canon leninista a esta otra pregunta, la organización de un partido conforme los criterios del centralismo presumiblemente democrático, también nos resulta inaceptable. Y sabemos de la manera gangsteril en que suelen dirimirse cualquier diferencia interna en nuestras sectas centralistas democráticas. 
Sin embargo, la existencia de criterios precisos acerca de las modalidades de funcionamiento y de toma de decisiones dentro de las organizaciones es imprescindible. Y esto, no sólo para la práctica revolución, sino incluso para que exista democracia dentro de las propias organizaciones revolucionarias. Conocemos en este sentido la experiencia de grupos que, rechazo mediante de las modalidades tradicionales de organización partidaria en nombre de la horizontalidad, habilitan a sus miembros a decir y hacer lo que les plazca... y así, mientras sus bases hacen lo que les place en los barrios, sus dirigentes también hacen lo que les place, pero en el parlamento. 
¿Cómo nos auto-organizaremos, a nosotros mismos, de una manera democrática?. También esta pregunta es cualquier cosa menos ociosa. 
¿Qué programa, qué tácticas y qué estrategias, para la revolución?. La respuesta del canon leninista, un manejo conspirativo de tácticas y estrategias por parte del partido de vanguardia y un uso instrumental de las masas, es evidentemente inaceptable. 
Empero, apenas un tiempo después de la insurrección de diciembre y su “que se vayan todos”, supimos marchar mansos y carentes de cualquier plan compartido hacia unas elecciones donde se quedaron todos y, además, avalados por una ingente masa de votos. 
¿Cómo construiremos nosotros un programa común y cómo diseñaremos entre todos las mejores tácticas y estrategias para gobernar nuestra propia práctica política?. Tampoco se trata, ciertamente, de una pregunta ociosa. 
Finalmente: ¿qué camino hacia el socialismo?. La respuesta del canon leninista, con su dictadura del partido en nombre del estado proletario y del estado proletario en nombre del proletariado, no es menos inaceptable. 
Ya conocimos las desastrosas consecuencias políticas del estatismo de izquierda en nuestros años de lucha contra las privatizaciones. Pero cada fábrica vaciada por sus patrones y ocupada por sus trabajadores se enfrentó ante la alternativa de sucumbir ante la competencia de mercado o pugnar por alcanzar algún régimen híbrido de cooperativización o estatización bajo control obrero. 
¿Y cómo gestionaríamos nosotros democráticamente las grandes empresas de servicios públicos privatizadas, cuya gestión no incumbe solamente a sus empleados sino a la sociedad en su conjunto, si las expropiáramos en un proceso de transición hacia el socialismo?. No por hipotética, ciertamente, esta pregunta es ociosa.

Repetir las respuestas indicadas por el canon leninista a estas preguntas -o mejor, fingir que se las repite en unas condiciones históricas absolutamente diferentes- sería un disparate y conduciría a una nueva tragedia. Pero desechar estas preguntas como si no estuvieran ahí reclamando una respuesta es, simplemente, renunciar a la revolución. Y recordemos que cada minuto sin revolución es ocasión para un nuevo crimen del capital. No sé que nombre le darían ustedes a todo esto que acabo de decir. Quizás lo condenen por igual leninistas y anti-leninistas. Pero yo quisiera llamarlo “un homenaje a Lenin”.


*Este texto reproduce a grandes rasgos mis intervenciones en sendas mesas redondas de presentación del libro de W. Bonefeld y S. Tischler (comps.): A 100 años del ¿Qué hacer?. Leninismo, crítica marxista y la cuestión de la revolución hoy (Bs.As., Herramienta-BUAP, 2003), realizadas en Facultad de Ciencias Sociales-UBA (8/4/03, junto a W. Bonefeld y S. Tischler) y en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades-BUAP, 14/5/03, junto a J. Holloway, J. Gómez Izquierdo, M. Velazquez y S. Tischler).

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Docente de la Universidad Nacional de Quilmes y UBA.

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Sec. Ex. Univ. - UNQ