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Extramuros
Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos. Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año I, NºIII                                                                                          Octubre-Diciembre de 2005 

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Nota sobre el escrito del profesor Rubén Dri

 por Rolando Astarita*

 

Coincidiendo en lo esencial con lo que plantea el profesor Rubén Dri en su excelente y bien fundamentado escrito sobre categorizaciones, quisiera ilustrar con un ejemplo los resultados a que conduce este método de evaluación, en primer lugar. Y en segundo término exponer una interpretación ligeramente diferente sobre la lógica imperante en esto, así como un comentario acerca de sus consecuencias en el terreno ideológico.

El ejemplo lo tomo de mi caso personal. Recientemente se me ha hecho –en una institución que no es la Facultad de Sociales de UBA- una evaluación de “mi producción” en los últimos tres años, en base a puntajes similares a los que presenta Rubén Dri. El tema es que el año pasado publiqué un libro que tiene, según la planilla que me adjuntaron, “un precio” de 160 puntos. En esa misma planilla se informa que un artículo vale 65 puntos. Mi libro contiene 14 capítulos, de los cuales uno es una reformulación de un artículo que publiqué hace unos cinco años. De manera que ese capítulo, publicado por fuera del libro, vale 65 puntos; pero esas mismas ideas, puestas dentro del libro, sólo valen 11,43 puntos. Dado que unos siete capítulos, por lo menos, podrían haber tomado forma de artículos autónomos, y a los efectos de mejorar mi “carrera académica”, me hubiera convenido entonces no publicar el libro, sino dedicarme a conseguir publicación para, digamos, cuatro capítulos, con lo que hubiera sumado en tres años 260 puntos. Esto representaría un 162% más de los puntos que obtuve con el libro. Y además me hubiera quedado “producción en stock” para cubrir otros tres años con un puntaje similar. Esto sin contar con la posibilidad de hacer sucesivos cambios de los capítulos (variaciones en torno a los temas), para seguir publicando artículos. Claro que para esto sería necesario “trabajar” cultivando relaciones públicas, corriendo de un lado al otro para aparecer en cuanto congreso, reunión académica y demás eventos se tuviera oportunidad de intervenir, y entretenidas tareas similares. Que todo esto reste tiempo y distraiga del estudio no tiene importancia alguna, porque una vez “producido” algo, sólo es cuestión de “estirarlo” de manera que otorgue la mayor cantidad de rédito en puntos. 

En definitiva, me parece que esto ilustra lo que escribe el profesor Dri acerca de la banalización del conocimiento, y muestra la forma en que se alimenta el afán de publicar a cualquier costo. 

Ahora bien, tal vez el matiz que tengo con Rubén Dri es que no asimilo esto con una lógica de mercado, sino con una lógica burocrática. Es que los criterios cuantitativos que se han impuesto en el mundo académico se parecen muchísimo a la forma en que se buscaba “medir” la producción en los regímenes stalinistas. Efectivamente, en la planificación burocrática lo importante no era la cualidad, sino el número, lo cuantitativo. Allí primaba la cantidad, esa “determinación que se ha vuelto indiferente al ser”, que aparece como carente de contenido. Lo cualitativo tenía a los evaluadores sin cuidado, porque para ellos bastaba el cuanto para satisfacer sus criterios de “objetividad”.

Para que se vea con un ejemplo. Si los planificadores de la URSS querían evaluar la producción de tornillos, determinaban una “cantidad” a ser cumplida por el plan. Si establecían la evaluación en términos de “toneladas” de tornillos, la respuesta racional de los productores era hacer tornillos tipo bulones, para “superar” el plan por el lado del peso. En este caso nadie conseguía un tornillo pequeño. En cambio si la evaluación se establecía en términos de “número de tornillos producidos”, lo racional era hacer todos los tornillos lo más pequeños posible. En este caso nadie conseguía un tornillo grande. Estos dislates (registrados en informes del PCUS y de los organismos de planificación centralizada) se derivaban directamente del método de evaluación “objetivo” basado en la cantidad, que desprecia lo cualitativo, y que jamás va a la esencia de las cuestiones.

Volviendo ahora a los métodos de evaluación académica imperantes, se advierte fácilmente la similitud con la lógica que acabo de describir. Los evaluadores de la producción intelectual han decidido que las mediciones se hacen en base a la cantidad de artículos y libros, e intervenciones en congresos y reuniones académicas, de manera que todo el que quiera hacer carrera debe “matarse” por publicar y meterse en congresos. Lo que sea, pero hay que publicar y hablar sin fin. Los evaluadores piensan que así son “objetivos”, porque pueden “medir” la producción según parámetros “científicos”. En realidad no se dan cuenta de que la objetividad carente de lo cualitativo es abstractamente vacía, y por ello se presta a cualquier manipulación. Sólo conduce a ese “mal infinito” incrustado en la vida académica y en la investigación, en que a un artículo debe seguirle otro, y otro, y otro, por meras agregaciones y modificaciones superficiales, a los efectos de llenar lo único que importa, la cantidad por la cantidad, la cantidad elevada al altar del agujero negro en que desaparecen cualidad, medida, esencia y concepto.   

Obsérvese que las deficiencias del criterio cuantitativo no se superan tampoco con el establecimiento de otros “puntajes”. Por ejemplo, si se quisiera remediar lo absurdo del ejemplo que cité antes con una suba del puntaje establecido para los libros, en detrimento de los artículos publicados, la lógica de producción se inclinaría por escribir más y más libros. Por caso, en lugar de publicar un libro de 14 capítulos, sería racional publicar dos de siete. Claro que en este caso el evaluador, siempre obsesionado por sus criterios de “cientificidad objetiva”, podría establecer el criterio de producción según páginas escritas. Frente a lo cual lo racional sería escribir “largo”, dándole vueltas a las cosas. De manera que el libro de Sraffa, por ejemplo, sería menos “valioso” que cualquier mamarracho indigesto, pero con muchas páginas. Alternativamente, nuestro “evaluador científicamente objetivo” podría medir la producción científica según  “autores citados”. Con lo cual la respuesta racional del “productor de conocimiento” sería citar y citar autores. En el extremo se podría dar el caso, interesantísimo por cierto, de artículos en los cuales la bibliografía ocupara más lugar que el propio escrito (algunos dirán que exagero, pero ¿acaso ya no existe una “cita manía” académicamente consagrada?). Sólo es cuestión de aplicar la imaginación para inventar más y más “métodos científicos y objetivos” de evaluación. Pero cada uno de ellos llevaría a absurdos, porque jamás se puede superar la ausencia del contenido, ni la evaluación inteligente de la esencia de las cosas. 

Por último quiero hacer también una breve referencia a los “referatos”. Considero que esta cuestión no es neutra, por lo menos en lo que trabajo, la economía. Es que con los referatos  se plantea desde qué perspectiva se evalúan los trabajos. Por ejemplo, en la mayoría de los ambientes consagrados de producción de teoría económica se ha establecido como “el” método científico el individualismo metodológico, esto es, la derivación de los comportamientos macro económicos a partir de los comportamientos individuales agregados. Nuevos keynesianos (Stiglitz y compañía) y nuevos clásicos (Lucas y compañía) coinciden en esta perspectiva fundamental. Ser “científico” en el mundo de la Economía (sin “política”, por favor) consiste en establecer “fundamentos micro” a partir de ecuaciones de optimización derivadas de comportamientos de individuos considerados como átomos. La profundidad y seriedad de la producción científica se mide así por la habilidad para presentar estas derivaciones por medio de ecuaciones, que aparecen como elevadas cumbres del conocimiento a los ojos del hombre común (pero que cualquier matemático considera meros ejercicios de alumnos medios de la carrera de Ciencias Exactas). Por lo demás, los considerados “aportes originales” pueden ser soberanas estupideces, con tal de que cumplan estos criterios de “cientificidad” que, como sabe cualquier sociólogo, sólo pueden sostenerse desde juicios ideológicamente condicionados. Cientos de revistas dominadas por el establishment académico, miles y miles de artículos aprobados por los “altos tribunales de la ciencia” conformados por miembros de ese mismo establishment, congresos y reuniones por decenas, alimentan esta visión y responden a este paradigma de producción intelectual. Quienes se adaptan a estos parámetros gozan así de todas las ventajas para publicar y publicar.

Lo más desgraciado de todo esto es que, en aras de ser aceptado por este selecto y exclusivo mundo, muchos/as graduados/as de Economía se adaptan cada vez más a estas exigencias. Es que si los evaluadores miden la producción por la cantidad de artículos o libros aceptados por los comités evaluadores; si a su vez estos comités evaluadores dominan las publicaciones “serias”; si están conformados por gente que no admite otra “ciencia” que no sea la que ellos mismos han establecido, el resultado es que la lógica de la producción se inclina a cumplir con las exigencias ideológicas de estos comités de “alta calidad académica”. Al respecto se da el caso de docentes e investigadores, intelectualmente brillantes, que confiesan que no creen una palabra de lo que están escribiendo en artículos de economía a ser presentados en respetables publicaciones académicas, pero que lo hacen al solo efecto de lograr puntos y mantenerse en carrera. Incluso hay gente que es crítica de la ortodoxia oficial, pero que adapta sus escritos y discursos al consenso establecido –por caso, ¿qué es eso de hablar de explotación, plusvalía, ley del valor trabajo en un paper de alto vuelo académico?- para no verse desplazada.

En definitiva, los criterios de evaluación que critica Rubén Dri, además de ser vacíos, contribuyen –al menos en el campo de la economía- al mantenimiento y conservación de lo “oficialmente” consagrado. Desde este punto de vista, y paradójicamente, lo vacío se termina llenando de contenido.

* Profesor en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes

 

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Sec. Ex. Univ. - UNQ