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Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos. Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año I, NºIII                                                                                          Octubre-Diciembre de 2005 

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Poesía e incordura: Jacobo Fijman, un poeta en el hospicio

por Manlio Malach

 

 El 1º de febrero del año 1970, en el medio de un país convulsionado, nuestra sociedad unidimensional se cobraba otra víctima: Jacobo Fijman (o el “ángel enjaulado” como lo llamó Zito Lema) muere luego de 28 años de encierro en el Hospital “para locos” José T. Borda. Ya fue más que tratada y discutida la estrategia de nuestra sociedad de separar y aislar a todo lo diferente que no puede digerir, y Jacobo Fijman es una prueba más de la incapacidad del consumismo contemporáneo por enfrentarse a una lectura sensible, profunda y espiritual de la realidad.
 “Jacobo Fijman, 72 años, muerto de edema pulmonar agudo”, -tal el epitafio anudado en el dedo de un pie- es todo lo que las instituciones del poder podían decir de uno de los poetas más dignos de la literatura argentina. El castigo por ir mucho más alla de la mediocre crematística cotidiana fue el encierro en el “loquero”. Pobreza, reclusión y olvido fue el triple destino de exclusión luego de que fuera internado en 1942, “Nunca imaginé que duraría tanto esa noche, tampoco que serían mis días los de un poeta en el hospicio”. A pesar de esto, Fijman en pleno hospicio escribió alguno de los poemas más bellos de su progenie además de seguir dando crédito a otra de sus necesidades expresivas a través de la plástica.
 Nacido en 1898 en la Besarabia Rusa (hoy Rumania) llega a la Argentina a la temprana edad de 4 años. De origen judío, se convertirá al cristianismo dejando constancia de ello en su primer libro, “Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío”. Al llegar al Río de la Plata, su padre se emplea como colocador de vías en el ferrocarril lo que lo lleva a instalarse en Choele Choel. Jacobo vive luego alternadamente en Lobos y Mendoza hasta que en 1917 deja a su familia y se instala en Buenos Aires ingresando a la Facultad de Filosofía y Letras que abandona poco después. Se inscribe en el profesorado de Lenguas Vivas obteniendo el título de francés. Comienza a trabajar en periodismo para 1918 y al mismo tiempo que sigue estudios de violín, da nacimiento a sus primeros poemas. El 17 de enero de 1921, ya tiene su primer encontronazo con la “cordura oficial”: es detenido por la policía, maltratado y enviado al Hospicio de las Mercedes (hoy Borda), donde luego de 10 días le permiten retirarse a su casa. En 1923 y por intermedio de Leopoldo Marechal toma contacto con el grupo Martín Fierro, grupo de escritores que a partir de la revista del mismo nombre, intentaron plasmar su espíritu de revuelta expresada a través de su disconformidad ante el pacato medio cultural heredado. Pero esta aspiración de revuelta, concluyó en buena parte de los casos en la comodidad domesticada del academicismo, al decir de Aldo Pellegrini(1). Aunque Fijman representó ya en este momento al poeta de la diferencia, rechazando la presión de la sociedad que intenta domesticarlo. Vale aquí la presentación que Marechal hizo de Fijman, pues pinta de cuerpo entero la vida y la producción estética del poeta-pintor (inseparables ambas), “Quise en Adán Buenosayres incorporarlo a la mitología de nuestra ciudad junto a Xul Solar, señalando su categoría de héroes metafísicos, es decir, en un nivel superior del mito”(2).
 Luego de su ya mencionada primera internación, Fijman publica en 1926 su primer libro de poemas, “Molino Rojo” en el que su primer escrito, “Canto del cisne” comienza con una sentencia admonitoria: “Demencia / El camino más alto y más desierto”
 La reclusión ya pasa a ser una de las preocupaciones fundamentales, la incomprensión que genera exclusión y apartamiento constituyen los temas de este libro. El horror que presagia el futuro de un alma encerrada lo resume magistralmente en una línea de este libro: “Llueve sin latitud el dolor más eterno”
 Sus otros dos libros, los publica solo pocos años después, “Hecho de estampas” en 1929 y “Estrella de la mañana” en 1931. Hecho de estampas fue escrito en su estadía en París donde conoció y se reunía en citas poéticas con varios de los creadores del surrealismo, Breton, Eluard, Desnos, Artaud. Llegó posteriormente, ya en el hospicio, a reconocer que si bien nunca participó de ninguna escuela, se consideraba espontáneamente un surrealista, a quienes respetaba y consideraba como auténticos poetas aunque mostraba a su vez su diferencia al considerar que “blasfemaban” al estar lejos de Dios. Su búsqueda por la pregunta inicial, por el sentido último y final (original) de la existencia se profundiza en estos dos libros. Su complementaria y dialéctica visión de los opuestos, de la esperanza y la desesperanza, de la oscuridad y la luz se hacen carne tanto en estos trabajos como en aquellos posteriores de su época de encierro, “Yo estaba muerto bajo los grandes soles./Bajo los grandes soles fríos”. La luz representaba para Fijman una posibilidad de encuentro con lo primigenio, un camino que desvela y penetra profundamente la existencia. Pero esta luz podía tener un poder escalofríante como cuando escribió “Hay espanto de luz en nuestras manos” o al decir “Sin más luz que la muerte”, así como ser un canto de esperanza cuando sentencia “Siento en mis venas venir la luz entera de la mañana” (Hecho de estampas).
 La preocupación por la integridad de la vida que genera sus tormentos ante los múltiples actos de cercenamiento y aislamiento y su constante sensación de soledad -terrible y placentera a la vez- ante un mundo incapaz de buscar el sentido más alla de sus propias narices mercantilizadas lo llevó a pedir en noviembre de 1968 un quizás último deseo a Vicente Zito Lema, quien fuera uno de los pocos que ni se olvidó ni dejó de visitarlo en su “carcel-manicomio”:
 “Se que dentro de muy poco me voy a morir. Ya soy viejo y he sufrido lo suficiente. Pero tengo miedo de lo que me espera. No de la muerte, porque ya estoy muerto en Cristo, sino de que me abran la cabeza como hacen con todos los internos… ¡No quiero presentarme ante Dios cuando resucite, con el cerebro dañado y chorreando sangre! Mi vida ha sido el estudio, la poesía, quiero estar hermoso, digno… Sáqueme a toda prisa de la morgue. No deje que me destrocen, ¿me lo promete?” (3)
 Fijman representó, como Artaud también, la denuncia sincera ante un mundo que bajo el barniz del confort oculta su raíz alienante y asfixiante, que debe hacer callar, para su propia supervivencia, las voces que le marcan su inhumana matriz. La prestidigitación permanente de las marquesinas de este “mundo feliz” fueron una y otra vez traspasadas por las palabras del poeta, recibiendo mayoritariamente como recompensa el olvido y el ostracismo físico e intelectual. Fijman representó entonces un profundo intento por desestabilizar el monocorde esclerosamiento de la vida y la imaginación lo que nos obliga no solo a rendirle un homenaje sino, más que eso, a difundir y retransmitir sus palabras.
 

Canto del cisne (de Molino Rojo)

Demencia:
el camino más alto y más desierto.

Oficios de las mascaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.

Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.

Se erizan los cabellos del espanto.

La mucha luz alaba su inocencia.

El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro.

Cuerdas de los silencios más eternos.

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.

¿A quien llamar?
¿A quien llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?

Se acerca Dios en pilchas de loquero,
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.

¡Piedad!



Poema V (de Hecho de estampas)

Yo estaba muerto bajo los grandes soles, bajo los grandes
        soles fríos.

A través de mi llanto
oigo el agrio sudor de la precocidad.

Yo vuelvo sobre un musgo
y las ciudades crecen a la aventura hasta la noche
       del estupor.

Miseria.
Dios pesa.
Me llaman vientos del mar.
Van y vienen en grandes cambios; se alargan
      en saltos irritados
que apagan mi temblor, que exasperan los sueños.

Jamás podré seguir.
Yo me veo colgado como un cristo amarillo sobre
      los vidrios pálidos del mundo



Canción al lavador del sueño y de la tarde

Dad el sueño a la tarde
y no habremos tarde.
Dad a la flor el sueño
y no habremos flor.
Las soledades van del no ser a la tarde,
de la tarde al no ser,
del no ser de la flor
al ser de la flor.

Tú lavador de tardes
devuélvenos la tarde.
Tú que lavas el sueño,
el no ser de las cosas,
devuélvenos la tarde,
la eternidad del ser,
la eternidad de nada.



Eclogario

Acá dentro conmigo, tú sabes justamente
de montes y de cabras
Y de dar en el nombre
los concejos y los trigos,
las albas y deuterias.
Ahora, ahora con el sueño
tanto y cuanto de flor,
y más y más de almendras y manzanas,
acuérdate, pretexta, de ser eternidad,
tú tan amiga de la flor,
y tan amiga de la estrella,
tanto o cuanto de flor,
tanto o cuanto de estrella.
Ahora, ahora con el sueño
de albas y deuterias,
acuérdate, pretexta, de ser eternidad.



Sin titulo

Arrancaron el sol de la frente celeste,
la clave de las palmas
y las niñas ardientes
que duermen en los cuerpos más negros de la tierra,
y aquí el siguiente mar
trae las islas mudas o sin viento.
Algunas han verdes, algunas han rojas,
tú, compuesta de sueños
que toman en el cuerpo más negro de la tierra
a los sueños más integros y quietos,
perpetuos concluyentes,
tú, que vienes del mar y las islas,
tú la breve del fuego
sin más luz que la muerte.
 


1. Pellegrini, Aldo, Jacobo Fijman poeta en Hospicio, Revista literaria Talismán, mayo de 1969, número especial dirigido por Zito Lema y dedicado enteramente a Fijman.
2. Enciclopedia de la Literatura Argentina, dirigida por Pedro Orgambide y Roberto Yahni. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1970.
3. Vicente Zito Lema, Conversaciones sobre la poesía, entrevista a Jacobo Fijman, Revista Crisis nº 49, diciembre 1986


 

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Sec. Ex. Univ. - UNQ