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Extramuros
Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos. Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año II, NºIV                                                                                          Enero-Abril de 2006 

 

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 El cazador americano. Haroldo Conti, literatura   y   compromiso


 por Manlio Malach

 

 

  El pensamiento crítico y la creatividad artística no permiten cárceles morales ni políticas, aunque los carceleros hagan todo lo posible por acallarlo. Así que la genocida dictadura cívico-militar instaurada en 1976, tuvo en los pensadores y literatos comprometidos uno de sus objetivos de aniquilación. El 4 de mayo de 1976, Haroldo Conti, escritor enrolado en los idearios de la libertad con solidaridad e igualdad, fue secuestrado de su departamento de la calle Fitz Roy por uno de los grupos de tarea de la dictadura. Figura desde entonces en la lista de escritores desaparecidos. Ya en octubre de 1975 fue advertido que las fuerzas armadas lo tenían en una lista de “agentes subversivos”. De diferentes maneras la advertencia se repetiría en las semanas siguientes, para ser ya de dominio público a principios de 1976. En una carta a García Marquez decía por esos días, "Martha y yo vivimos prácticamente como bandoleros… ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios, hablando en clave… Abajo va mi dirección, por si sigo vivo". Dirección de donde se lo llevaron vendado y amarrado de pies y manos. En 1981, su amigo colombiano dirá de el, “Su pensamiento político era claro y público, lo expresaba de viva voz y lo exponía en la prensa, y su identificación con la revolución cubana no era un misterio para nadie”.
  Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. En 1940 ingresó en el Seminario Metropolitano Conciliar de Villa Devoto, estudio que abandonó seis años más tarde. Posteriormente ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras, en la que se graduó en 1954. Fue maestro rural, profesor de latín y filosofía, empleado de banco, guionista de cine y también nadador y aviador civil. El agua y el aire le atraían especialmente, la primera como navegante, hecho que quedó también reflejado en su literatura, habiendo hecho por su parte, cursos de piloto civil y vuelo.
Su vocación por las letras comenzó desde niño, cuando en la escuela en la que estaba internado como pupilo, se organizaban funciones de títeres, en las cuales Conti se encargaba de escribir los libretos. Recién luego de realizar toda la carrera en Filosofía y Letras, retoma su aficción por la escritura, esta vez con una pieza para teatro en ocasión de un concurso organizado por la Municipalidad de Buenos Aires.
  En esos años, Conti conoció el Delta, uno de los “metejones” de su vida que nunca pudo ni quiso abandonar. Construyó su propio barco y a partir de esta relación con las islas y riachos nació “Sudeste”, su primera novela. En 1962 gana el premio Fabril por esta obra, convirtiéndose en una de las figuras de la “Generación de Contorno”. En 1964 publica “Todos los Veranos”, y en 1966 “Alrededor de la Jaula”, que será llevada al cine por Sergio Renán con el nombre, por cierto menos acorde, de “Crecer de golpe”. “… cada novela mía es un pedazo de mi vida, son vidas que he vivido con la misma intensidad con que se vive una vida. En la medida en que quiero esas vidas, quiero esas novelas. Ustedes saben que yo tengo un especial cariño por Alrededor de la Jaula, a diferencia de lo que muchos lectores opinan”.
  Esta intensidad con la que Conti vivía sus novelas se plasma también en sus personajes. Ese grupo de seres “poco importantes” que configuran la trama de “Alrededor de la Jaula” ya van marcando la diferencia que Conti establece respecto de la sociedad alienada. Las jaulas del zoológico representan el escenario alrededor del cual se articulan las relaciones de sincera amistad entre los personajes a quienes las dichas del creciente consumismo no les sonríen particularmente, y para quienes, en cambio, lo importante radica en desafiar siempre al mundo de la alegría y la ilusión a través de sus periplos en los circos y los parques de diversión. La saga de situaciones no convencionales llega a su punto culminante, cuando el niño (uno de los personajes centrales) libera a un coatí de su régimen carcelario en el zoológico, ante lo cual, las normas e instituciones sociales responden como saben: persiguiendo, reprendiendo y devolviendo el animal a su encierro.
  En 1967 publica su novela “Con otra gente” y en 1971 “En vida”, en donde narra el drama de un “pobre tipo” en momentos en los que el país atravesaba momentos difíciles desde el punto de vista socio-político, motivo por el cual fue acusado por algunos hasta de “reaccionario”, por cuanto se ocupaba de un problema individual en plena dictadura. Pero la integridad humana de Conti queda reflejada en la siguiente expresión, “A veces se habla de compromiso, cínicamente en términos políticos, como si el escritor debiera ser solamente el portaestandarte de una causa política. Uno se puede comprometer con un sistema político, pero también con un drama individual, por ejemplo el de un hombre que padece un cancer o un drama amoroso. El hombre en su totalidad es una causa. Mucha gente habla de revolución y olvida que las revoluciones las hacen los tipos concretos. En `En vida´ quise hacer la radiografía de un hombre del montón, jodido por esta sociedad, castrado en sus posibilidades de elegir”
(1).
 También en 1971 realiza su primer viaje a Cuba como jurado de Casa de las Américas. Este viaje a la isla constituyó “el primer contacto a flor de piel con América. Y eso me basta para hacer una cosa distinta, una novela jubilosa, Masacaró, abierta, donde por primera vez los personajes no mueren. Decidí hacer una literatura con un sentido más americano, cosa que, en ese momento, estaba muy lejos de mi”.
  En 1972 escribió el guión de cine de “La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro”, dirigida por Nicolás Sarquis y finalizada en 1977, logrando de esta manera concretar quizás uno de sus sueños, pues como decía, “yo vengo del cine, hago cine; como novelista me importa mucho precisar imágenes, formas, colores, sonidos, músicas. Incluso suelo pensar mis novelas en secuencias, no en capítulos”.
  Para esos años también se vuelve colaborador de las revistas Crisis, baluarte del pensamiento crítico y contestatario de la época, para finalmente en 1975 publicar “Mascaró, el cazador americano”, novela por la cual recibirá el premio Casa de las Américas.
  Sin dudas, Mascaró representa su obra más fuertemente comprometida con la idea de libertad y de liberación (en su sentido ético, moral, cultural y también político), con la dignidad de la gente común y sencilla (lo que no quiere decir convencional), pero también con los personajes auténticos, que quedan siempre fuera de los estereotipos de la sociedad de masas y masificadota. El escurridizo jinete Mascaró y el Circo del Arca llevan su espectáculo itinerante de pueblo en pueblo y tanto de día como de noche, bajo cielo encendido o una lluvia agotadora, el circo sigue su camino. Sus personajes conforman una galería de seres excéntricos y sumamente queribles: el Príncipe Patagón, la bella Sonia, el luchador Carpóforo, el mordaz enano Perinola, Oreste.

  Pero el compromiso de Conti iba mucho más allá de una rimbombante semántica discursiva superficial, por el contrario, su lugar como escritor fue de la mano con su visión igualitaria de lo social y su preocupación por rescatar los valores simbólicos de las relaciones societales y de afecto entre las personas. Esta mirada nada aristocrática y claramente llana, que explícitamente molestaba y molesta a los poderes constituidos, se reflejaba particularmente en la opinión respecto al lugar del escritor en la sociedad burguesa, opinión especialmente relevante para nuestros días, en los cuales los posmodernos intelectuales vernáculos se refugian en su casta elitista situada artificialmente por encima de las grandes mayorías de la población. Nada mejor para cerrar, que dejarle la palabra al autor de Mascaró, quien se define a si mismo como trabajador, “… y creo que un trabajador no tienen privilegios en mérito a la función que cumple. Niego esa aureola, esa condición de aristócrata con que se han revestido muchos escritores burgueses ¿Qué diferencia hay entre lo que hacía mi abuelo, que era carpintero, o mi padre, un tendero y vendedor ambulante, y lo que hago yo? Mi abuelo manejaba el serrucho y la garlopa; yo manejo mi máquina de escribir, mis ideas y un lenguaje. Ni siquiera estoy exceptuado del esfuerzo físico. No quiero que mi oficio me destaque o jerarquice: como dice Mario Benedetti, `no hay prioridades para el escritor´. El único privilegio al que puedo aspirar es que algún día mis compañeros albañiles o mecánicos me reconozcan como uno de los suyos. Y así como alguien podría decir `mi orgullo es ser albañil´, yo diré `mi orgullo es ser escritor´, el de construir historias tal como el albañil construye casas” (2).
  Su fuerte sentido de igualdad no fue tolerado por los poderes genocidas que administraron la vida en la Argentina de la mitad de los setenta. Tampoco es rescatado en la Argentina “democrática” de la mitad de esta década, por cuanto la sociedad y el mundo intelectual son todavía más aristocráticos que entonces.

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1. Entrevista a Haroldo Conti realizada por Heber Cardoso y Guillermo Boido, Diario La Opinión, 15 de junio de 1975
2. idem


 

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Sec. Ex. Univ. - UNQ