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Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos -Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año II, Nº V                                                                       Mayo - Agosto de 2006 

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Cipriano Reyes, el primero en denunciar a Perón

 

 

 

 por Ariel Kocik

Un acercamiento a la historia del sindicalista que jugó un papel clave en la irrupción de los trabajadores a la escena política nacional, en los años 40. Una figura enigmática que dejó pistas fundamentales para desmontar algunos mitos que ayudó a tejer el peronismo.

 

Cipriano Reyes es un personaje lateral de la historia del país del último siglo. Su postura innegociable frente al verticalismo peronista, y su condición de luchador social, denunciante de los sectores oligárquicos y reaccionarios, tal vez le valieron cierto desinterés desde uno y otro lugar por difundir su singular trayectoria. Tampoco la izquierda lo valoró demasiado; él se enfrentó a tiros al gremio comunista de los frigoríficos (cercano a Spruille Braden), y siempre cuestionó la falta de idea del “estalinismo” – los partidos pro soviéticos - sobre la realidad del trabajo y la cultura en la Argentina. Su postura era un tanto difícil de encasillar.

Nació en un hogar humilde de la localidad de Lincoln, y se trasladó con su familia a Buenos Aires. Testigo de los sucesos de la Semana Trágica de 1919, ya había comenzado su camino en el campo gremial de la mano de sus “maestros” anarquistas, siendo un adolescente, en una fábrica de vidrios de Parque Patricios.

Su participación lo llevó a los sindicatos de Zárate y a las luchas portuarias de Necochea, entre viajes por el territorio nacional como simple linyera y una variedad de trabajos y experiencias,  como trabajador rural, poeta, periodista, etc.

En el año 42’ se instala en Berisso para trabajar en el frigorífico Armour, donde pasará a la historia como el fundador de un aguerrido sindicato independiente, cuya gente peleó durante tres años una serie de reivindicaciones derivadas en decisivas victorias obreras, que fueron la semilla del acontecimiento político tal vez más importante del siglo en la Argentina: el 17 de octubre de 1945.

 

En Berisso: el Sindicato Autónomo de la Carne

Reyes debió disputar el poder del gremio de la carne a la conducción comunista de José Peter, enfrentado a “rompehuelgas” de la patronal y a la dura respuesta policial. Una vez convertido en líder de miles de operarios organizados de Berisso, los paros se sucedían; conflictos prolongados y ásperos, que incluían balaceras de los “cosacos” sobre las casitas de zinc de los barrios y permanentes detenciones.

Se lograron conquistas impensables, en un momento poco ventajoso para hacer demandas: aumento de salario, salubridad en el trabajo, descanso, cese de despidos, reconocimiento de horas extras, frenos a la prepotencia patronal (que no sabía de embarazos ni enfermedades), organización y fuerza para los reclamos, ampliada con vínculos con polos obreros como Avellaneda y Lanús.

La trascendencia de su lucha hizo que el entonces coronel Perón buscara en los frigoríficos a sus principales aliados para su proyecto político (que se señala como secretamente inspirado en el de Benito Mussolini, a quien había oído en Italia). Luego de más de un triunfo de los obreros de la carne, Perón se paseó por Berisso del brazo de Cipriano Reyes, en medio del calor popular. Esa relación alimentaría el mito del “coronel de los trabajadores”.

En verdad, algunas demandas del gremio gestado en las plantas Armour y Swift fueron apoyadas por la Secretaría de Trabajo, pero otras se lograron contra la voluntad de ese gobierno donde Perón era el hombre fuerte, que también sabía ilegalizar las huelgas.

Cipriano era un jefe de bandas violentas o “nazi fascistas”  según sus rivales, entre ellos los partidos de izquierda;[1] un luchador infatigable para sus colegas de las fábricas. Ambos destacan su capacidad y valentía, y es indudable su ascendiente sobre la comunidad de Berisso y Ensenada. El sindicato autónomo que lideraba constituía el sector más activo y dinámico del trabajo organizado en la Argentina.

Ya en el ´45, delegados gremiales del interior, uruguayos y brasileños se presentan en la localidad platense para presenciar esa lucha – vista como pilar de un movimiento sindical alternativo con perspectiva nacional - y acarician la idea de formar una confederación sudamericana de los trabajadores de la carne. Fueron presentados a Perón.

Durante ese año hubo una huelga de 96 días sobrellevada con hambre y penurias por la población obrera de Berisso, y un gran sabotaje a los embarques de carne que derivó en un sonoro triunfo extensivo a todo el país; más persecuciones y hostilidad policial. Los comités paralelos reemplazaban a la dirigencia perseguida (los hermanos Reyes en particular), a veces oculta en los montes de la ribera y en los islotes.

Los logros de Berisso tenían repercusión en un plano nacional, que adeudaba cambios económicos desde hacía décadas. Colegas de Cipriano como Hipólito Pintos fueron delegados a conducir huelgas en lugares tan remotos como Río Gallegos, Puerto Deseado y San Julián. Las empresas frigoríficas presionaban al gobierno arguyendo la pérdida de millones, y la clase ganadera consideraba intolerable el cese de envío de carne a Europa. La dialéctica de la pugna con la autoridad patronal generaba cada vez más tensión: la oligarquía criolla miraba con recelo la creciente capacidad de respuesta de un sector obrero que actuaba por fuera de la CGT y los gremios más previsibles.

En el mes de setiembre cae muerto Doralio Reyes, hermano de Cipriano, luego de un tiroteo con los comunistas. El entierro (desde Berisso a La Plata), fue una impactante muestra de dolor popular que detuvo la actividad fabril de toda la zona, y allí estuvo una vez más Perón, para afirmar: “ahora sí, somos soldados de una misma causa”.

Pareció ser el mejor momento del vínculo entre los sindicatos autónomos y el coronel.

Ante la escalada de presiones sobre el gobierno, Reyes asegura a Mercante ganar la calle para defender las conquistas, en la misma Plaza de Mayo, y poner así a prueba “de qué lado están las fuerzas populares”.

Nadie lo sabía, pero se acercaba un hecho trascendental.

 

El 17

Al mes siguiente Perón es detenido: el régimen de Farrel tambalea. Todos los partidos políticos apoyan la maniobra, de un sector militar, contra el gobierno.

En Berisso hay gran agitación desde el 13; concentraciones, choques con la policía. La gente de Reyes sabe que con el avance oligarca y bradenista está en juego toda su lucha, lista para entregar “atada de pies y manos, a la vendetta patronal”. Las bases se lanzan a las calles con pleno entusiasmo. De la libertad de Perón dependía preservar tres años de avances sobre la legislación laboral, y la mejora efectiva de la relación de fuerzas con las empresas, prometedora de nuevas conquistas al calor de la organización gremial.

La ciudad era netamente obrera; miles de trabajadores semi esclavos (muchos inmigrantes) de los frigoríficos, además de textiles y portuarios. No era difícil movilizar a toda esa comunidad, donde la relación entre familia, barrio y trabajo era directa. Y como los sindicatos estaban por intervenirse, la urgencia por actuar era mayor.

La dirigencia de la carne con Cipriano a la cabeza, ya buscada por la policía, trabajaba arduamente por lanzar una gran marcha a Plaza de Mayo, enlazando sindicatos y bases ajenas a sus conducciones. El 16 deciden la huelga general sin el apoyo de la CGT, pero en acuerdo con los zafreros de Tucumán (la FOTIA, que tenía su delegado en La Plata) y otros gremios del interior del país; y junto a portuarios, metalúrgicos, madereros, etc., de los barrios fabriles de Capital y alrededores, especialmente del sur. [2]

El 17 de octubre a la madrugada Berisso marcha en dos columnas: junto a los obreros de Ensenada al centro de la ciudad de La Plata – cuyos parques y plazas permanecen “ocupados” por dos días – y a la Plaza de Mayo de Buenos Aires con sus colegas de Avellaneda y Lanús, arrastrando al cinturón industrial de la zona.

El resultado es historia, no del todo el papel de Cipriano Reyes en esa jornada[3] de la que se tejieron infinidad de relatos, y que fue presentada por la historiografía peronista como reacción “espontánea”, e incluso promovida por una Eva Duarte hasta entonces ajena a la actividad política y sin relación con el movimiento obrero.[4]

Con la plaza llena, Perón fue liberado y se allanó el camino hacia su presidencia.

Cipriano pasa toda la tarde en Buenos Aires y al día siguiente viaja a La Plata para intentar poner fin a los destrozos que causaban sus colegas en el centro.

 

Ascenso de Perón y proscripción del Laborismo

Perón ganará las elecciones del 46’ a través de la estructura nacional del Partido Laborista, fundado por Reyes, que orgánicamente lo eligió como su candidato, y le aportó el 80 por ciento de los votos para el triunfo, un decisivo apoyo ganado en rincones fabriles de toda la Argentina. (Lo apoyó otra fuerza, minoritaria, la Junta Renovadora).

Según consta en sus documentos, ese partido de los trabajadores nacía para velar por las demandas del 17 de octubre, manteniendo la autonomía de los sindicatos como contrapeso de su circunstancial brazo político, un arma de doble filo encarnada en la figura de Perón. Y con la clara intención de proyectarse largamente en la vida del país.

Durante la campaña electoral hubo cruces entre los laboristas y el coronel, quien incluía gente del “viejo régimen” de partidos corruptos – a través de la Junta Renovadora - en su círculo de cargos importantes. Y a pocas semanas de la victoria, el 23 de mayo, el presidente electo arroja a la ilegalidad a toda fuerza del movimiento que no se pliegue a su Partido Único de la Revolución, germen del Partido Peronista.

Cipriano Reyes – diputado nacional por Buenos Aires - y el Laborismo rebelde resisten desde el Congreso y desde la movilización, pero al tiempo la aparatosa maquinaria del régimen se vuelve asfixiante; su propaganda, enormemente influyente en la construcción del imaginario social. Aglutinado detrás de la CGT, el movimiento obrero resulta domesticado y burocratizado; la disidencia, perseguida y cooptada. La prensa se hace eco del discurso oficial.

El hecho de que Reyes pasara dos años en su bloque de Diputados, pese a la declarada ilegalidad de su partido, denunciando el autoritarismo de un gobierno al que acusaba de traición, explica que su apoyo en las fábricas era importante; de otro modo no hubiera podido resistir. Perón trató de cooptarlo con la presidencia de la Cámara; su respuesta (No sirvo para tocar la campanilla) dejó claro que no aceptaría el rol que hizo famoso a Héctor Cámpora.

El 17 de octubre de 1946 su grupo rebelde festejó el Día del Pueblo, en La Plata y en la plaza Congreso de capital, desafiando al primer Día de la Lealtad oficialista celebrado en Plaza de Mayo. Ese día Cipriano denunció que ninguno de los “personajes” que allá en los balcones de la Rosada – a pocas cuadras de allí - se atribuían como propio el mérito de esa jornada, había tenido el más humilde papel en su gestación, ya que habían estado escondidos, y en el caso de Perón, acorralado por las dudas hasta último momento. (Son famosas las cartas a Evita y a Mercante, contando sus deseos de retirarse).

 

¿Fascismo “nacional y popular”?

En el ´47 Reyes sufre en La Plata su cuarto atentado. En uno de ellos ya habían muerto seis trabajadores en Berisso. Esta vez cae ametrallado su chofer Fontán, un obrero taximetrista padre de tres hijos. Denuncia el hecho en el Congreso, llamando al gobierno “los bárbaros del siglo”; ya los locales partidarios laboristas, gestores del triunfo electoral, eran asaltados a mano armada en distintos puntos del país. Más tarde Perón lo acusa de complotar para asesinarlo a él mismo y a Evita.

Detenido repentinamente, es torturado con picana junto a su hermano Héctor y varios compañeros laboristas, y por último condenado a prisión.[5] Eduardo Colom, el legislador peronista que solía enfrentarlo en el Congreso, calificaría su sentencia como “monstruosidad jurídica”, admitiendo que Perón lo encerró sin más porque le tenía miedo. “Cipriano había jurado matarlo, y le sobraban agallas como para hacerlo”, relata. Pero no es verosímil; más allá de su temperamento, actuaba según cálculos políticos racionales, en su tarea de obtener mejoras para sus colegas. Supo portar armas, pero más bien como parte del oficio, en el duro combate gremial y político de su tiempo.

Pasará todo el período peronista encarcelado con otros presos políticos, sufriendo verdadera hostilidad y vejamen. Luego, en libertad, intentaría reimpulsar el Partido Laborista, e intercedería por presos de Aramburu como Hugo del Carril. Sus memorias son un testimonio crudo y revelador del lado más oscuro del primer peronismo, con anécdotas sobre corrupción y pactos en torno al círculo áulico.

Su rol conductor en el 17 de octubre hoy en día pocos o ningún historiador lo niega.

Investigadores peronistas interesados por la verdad histórica, suelen saltear no obstante el capítulo de los sucesos que llevaron a Perón al poder; es decir, su consolidación a costa de eliminar cruentamente a quienes lo apuntalaron con su lucha. Miguel Bonasso, en su extensa obra El Presidente que no fue, no repara en estos pecados originales del movimiento (tampoco en posteriores casos de tortura, o atropello de viviendas como el sufrido por la familia Reyes en La Plata). Tal vez evidenciaría un temprano giro represivo en su etapa más lúcida, al decir de muchos peronistas setentistas, para quienes ese Perón “inspirado” que repartió el ingreso fue una contra cara más o menos digna del que presentan como el Perón jodido del final, el de López Rega y la Triple A.

Cipriano se definía como luchador, como hombre leal al movimiento obrero organizado. La fuerza que impulsó – el Laborismo argentino – fue un moderno partido de masas al estilo europeo, que en pocos meses mostró su eficacia barriendo en las urnas a los partidos tradicionales y el bradenismo, sin dinero y sin prensa, antes de ser destruido por el unicato que dio origen al Partido Justicialista (al que llamara “Frankestein político”).

Sus inicios junto a viejos anarquistas tal vez le ayudaron a moldear una postura firme frente al uso arbitrario del poder, y el desprecio por sus aduladores. De ahí en parte su lucha sin cuartel contra el peronismo, al que consideraba hijo de la ambición por mandar, y condenado a un verticalismo de cortes privilegiadas y rehenes de la pobreza.

Hoy su figura representa un arquetipo de sindicalista en desuso, exponente de una dignidad y claridad de convicciones difícil de encontrar. Su nombre sigue resonando cuando se busca explicación a los hechos que marcaron a fuego la historia argentina.

 

 


[1] Los comunistas se oponían a las huelgas: el partido exigía el envío de carne a los aliados de la guerra. Spruille Braden era un socio de la URSS, y Peter seguía esa línea.     

[2] El gremio conducido por Cipriano Reyes había impulsado la Federación Autónoma de Sindicatos de la Carne, que agrupó a sus colegas de los frigoríficos Wilson, La Negra, el Anglo, CIABASA, etc., y el Comité de Enlace Intersindical, que en los días de octubre coordinó el trabajo de activistas en toda la zona de La Plata y Buenos Aires, y junto a ferroviarios de San Juan, zafreros tucumanos, etc.

[3] Días después, Perón lo llamaría “el héroe del 17 de octubre”.

[4] En los actos conmemorativos por el 17, Evita no contribuiría a arrojar luz sobre el misterio de su papel durante la histórica jornada. Se limitó a agradecer a los sindicatos “el haberme devuelto a Perón”. 

 

[5] El doctor Santiago Nudelman denunció, ante la Cámara de Diputados de la Naciòn, las “terribles torturas con picana eléctrica” cometidas contra los ciudadanos Cipriano Reyes, Luis García Velloso y Walter Beveraggi Allende. Los tres fueron a parar, encapuchados junto a otros laboristas, al centro de tormentos del comisario Lombilla: la Sección Especial. La picana fue acompañada por violencia física, privación de alimentos y agua, un simulacro de fusilamiento, injurias y trato inhumano, sin ningún respeto por la dignidad de los presos. Suerte similar corrió gente del gremio telefónico.