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Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos -Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año II, Nº V                                                                       Mayo - Agosto de 2006 

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Los movimientos sociales y su estudio en la Argentina

(2da parte)

por Guido Galafassi

En los últimos años, una cantidad importante de investigadores y académicos han venido desarrollando diversos trabajos de investigación relativos a la cuestión de los movimientos sociales en la Argentina. El renovado léxico y las renovadas categorías de análisis utilizadas merecen entonces una particular atención, para poder comenzar a desentrañar los supuestos sobre los que se construyen estas interpretaciones. 

  Las renovadas conceptualizaciones ponen el énfasis en la satisfacción de las necesidades o expectativas de un sujeto social y que según si estas expectativas sean o no cumplidas este sujeto social reaccionará en consecuencia. “La génesis de la inversión parte del descontento generalizado y su presencia  siempre implica la aparición de percepciones e ideas nuevas que tienen impactos sobre la acción colectiva. El paso del descontento a la movilización (Skopcol) en cierta medida está vinculado al proceso de formación del descontento y de gestación de nuevas formas de legitimidad y orden vinculados a lo colectivo.  La gestación de una conciencia de la vulnerabilidad y la ilegitimidad forman parte del abandono del conformismo o la resignación y el paso a una voluntad de cambio o acción transformadora.  Este proceso ha sido caracterizado por algunos autores como `liberación cognitiva´ (McAdam) por el cual acontecimientos y eventos son trabajados y sirven de base para resignificar el sentido de procesos sociales generales y poner en cuestión la propia situación frente a ellos. El enmarcamiento crítico de experiencias o acontecimientos pueden llevar a pensar que las cosas podrían ser de otra manera. Estos procesos son muy importantes para explicar las características de la movilización. Grupos que comparten experiencias en contextos críticos o que están en el centro de los procesos pero no logran beneficiarse de los cambios como esperaban son los motores de activación de procesos de masas (Munck). En este sentido los procesos por los que atraviesan los sectores medios y los trabajadores desocupados constituyen focos de atención superlativamente interesantes”[1].

    Un acto de elección racional (similar al que explica las decisiones de los agentes un en mercado) es lo que mueve a los individuos a reaccionar frente a cambios del sistema. Mientras el individuo se encuentre satisfecho, el conjunto social seguirá su curso “normal”; en cuanto comience el “descontento”, es probable, que se empiecen a “gestar nuevas formas de legitimidad y orden vinculadas a lo colectivo”. La manera que se expresa este descontento, es a través de un “acto de protesta”, que habla a su vez, de una “elección racional” previa, en el sentido de que el individuo reacciona frente a anormalidades del conjunto social. De lo que se trata, sencillamente, es de darse cuenta que ciertas cosas no funcionan del todo bien – lo que genera una situación de desequilibrio social- y para salvar esto es necesario una organización colectiva (movimiento social) que a través de la protesta (acto de elección racional) pueda construir nuevas legitimidades (identidad) y reconstituir así el orden. La caracterización clásica del funcionalismo basado en el equilibrio social que surge de la complementación de funciones que desarrollan sujetos diversos (léase, por ejemplo capitalista y obrero) en un sistema social constituye entonces una base teórica fundamental sobre la que se construyen buena parte de estas variantes que intentan explicar la movilización social en la sociedad contemporánea. Pero junto a esto, los supuestos derivados de las presunciones más individualistas y subjetivistas de las teorías de la interpretación que hacen hincapié en la “identidad” también están presentes, logrando así una amalgama que enfatiza la acción social subjetiva e individual en un contexto de equilibrio entre “actores sociales”. Ante desviaciones del equilibrio, lo subjetivo reacciona, protesta y se organiza, poniendo algunas corrientes teóricas el acento en la reconstrucción colectiva de la identidad, y otras en la acción colectiva que permita restablecer el equilibrio. Así, acción colectiva, movimiento social, identidad y racionalidad estratégica son las claves explicativas; “…la acción colectiva es el resultado de la asociación de individuos con intereses comunes que desarrollan estrategias colectivas como alternativa racionalmente calculable, para optimizar en circunstancias ocasionales y bien delimitadas, las probabilidades de éxito en la satisfacción de sus preferencias” [2]. 

    Aparecen infinidad de términos técnicos nuevos, como repetida manifestación del sociologismo, que servirían para el desmenuzamiento intelectual de los actores y las acciones, tales como “inversión”, “liberación cognitiva”, “enmarcamiento”, “repertorio de acciones”, “fuerza ilocucionaria”,   “visibilidad”, “ciclos de protesta”, “repertorio de confrontación”, “acción colectiva modular”, “redes del movimiento”, “acto de habla”, “oportunidades políticas”, “ipseidad”, “estructuras de movilización”, etc. En estrecha correlación con esto, se denota también una especial preocupación por la construcción de “especies sociológicas” (fragmentos sociales), de unidades sociales diferenciadas que permitan su identificación (y estudio) dentro del conjunto del sistema social, negando de esta manera la complejidad de la historia como proceso en tanto sumatoria de conflictos y transformaciones. Aparecen entonces los intereses fragmentados por las asambleas, las fábricas recuperadas o los piqueteros, dejando de lado que todos estos representan manifestaciones de la profunda crisis y del renovado proceso de avance del capital por sobre el trabajo. “Históricamente, la emergencia y el desarrollo de un movimiento social de desocupados no ha aparecido como algo necesario ni evidente, ni mucho menos sostenido en el tiempo. La literatura sociológica ha insistido, más bien, en el conjunto de  dificultades, tanto de carácter objetivo como subjetivo, que atraviesa la acción de los desocupados y que impide que éstos se conviertan en un verdadero actor colectivo… Así, las preguntas que atraviesan este libro reenvían tanto a la problemática de la diversidad realmente existente como a la constatación efectiva de un conjunto de repertorios y elementos comunes que han ido configurando un espacio específicamente piquetero”[3]

    Pero, lo que (deliberada o ingenuamente) no aparece son los clásicos términos y categorías que denotan  los procesos de  explotación, de subsunción, de desigualdad y de injusticia social que podrían explicar mucho más fácilmente las luchas cotidianas entre clases, subclases y/o sectores sociales, es decir el conflicto social entendido no como un desequilibrio del sistema o de la identidad individual, sino como la expresión de la resistencia ante la dominación social.

    Por lo tanto, y como lo veníamos argumentado en la primer parte, podemos observar como las renovadas conceptualizaciones contrastan marcadamente con el interés de los años ´60 y ´70 en los procesos revolucionarios, el cambio social, Vietnam, Cuba y otros procesos de liberación nacional y social, el Mayo Francés del ´68 y otras revueltas del ´68 a nivel mundial, el Cordobazo, etc., temáticas todas que tenía una fuerte influencia en la agenda de la investigación social., Pero a partir del Consenso de Washington, el neoliberalismo, la caída del Muro de Berlín, la imposición del posmodernismo (y su fin de la historia y muerte de las ideologías) etc., todos esas grandes líneas del pensamiento, junto a sus categorías de análisis, sucumben o quedan en lugares absolutamente marginales: “…los sujetos colectivos fijos (las clases sociales, las naciones, los pueblos, etc.) estallaron en un número aparentemente ilimitado de fragmentos que, como las partículas subatómicas, desaparecían cuando se trataba de fijarlos o, incluso, volvían a estallar en multitud de nuevos fragmentos, se cruzaban o se reordenaban en figuras nuevas, desconocidas, impredecibles. Lo que J. Nun llamó `la rebelión del coro´ caracteriza un tránsito no sólo real sino –para nuestro entender- conceptual, teórico, epistemológico, que nos lleva de los años setenta a los noventa”[4]

    La preocupación por los “movimientos sociales” y los “actos de protesta” reemplaza en la agenda de la investigación social la preocupación previa por el cambio y la revolución social. Cuando el concepto clave en Argentina y América Latina en los ´60 y ´70 era  el de lucha de clases, a partir de los ´80, posmodernismo mediante, es considerado como algo perimido, como algo del pasado que ha sido absolutamente superado. Esta nueva preocupación por los movimientos sociales, es sin duda auspicioso, por cuanto rompe con la inmovilidad intelectual y el énfasis en el análisis del status quo que primó durante los ´80 y buena parte de los ´90 (sustentabilidad y gobernabilidad como categorías ejemplo, demuestran abiertamente una lectura conservadora en el sentido de manifestar el interés por analizar la capacidad de mantener el equilibrio el sistema social, en lugar de analizar sus posibilidades de cambio). Pero es  fundamental entonces prestar atención a la serie de presupuestos teóricos desde donde se sostiene el actual interés por el estudio de los movimientos sociales.

    Existen dos grandes grupos de corrientes teóricas para el estudio actual de los movimientos sociales. Una de origen norteamericano que viene incluso desde antes de los ´60, a la que se la puede llamar genéricamente como “teoría de la acción colectiva”, donde muy básicamente se partía de la concepción que todo movimiento de protesta representaba una anomalía psicológica de aquellos que protestaban. Este argumento es fundacional y trasluce hasta la actualidad su marca de origen, ya que la sociología de los movimientos sociales constituye en realidad un intento por mejorar y adaptar este primer postulado. Así, luego comienza a suavizarse y complejizarse esta visión patológica, para empezar a admitir que en realidad los movimientos de protesta no son necesariamente una desviación psicológica, sino más bien un conjunto de sujetos; un colectivo que está queriendo hacer o haciendo algún tipo de petición, lo que le permite, ahora si, poder considerarlo como un conjunto social con ciertos derechos. De la consideración como patología social se pasa al reconocimiento de ciertas libertades ciudadanas. Estas interpretaciones se desarrollaron en el contexto de las revueltas de los años ´60, con especial énfasis en el tema de los derechos civiles. Aparece entonces como síntesis lo que se denomina “teoría de la movilización de recursos”, poniendo el énfasis en la organización interna del movimiento social. M. Olson, Ch. Tilly, D. McAdam, J. McCarthy, T. Skopcol, S. Tarrow, G. Munck, son algunos de los autores más destacados de estas teorías de la acción colectiva.

    Como se dijo, todas estas corrientes giran alrededor del supuesto que hay un sistema social que funciona con ciertas premisas y estos movimientos sociales representan la manifestación del “descontento social”, por cuanto se sienten de alguna manera “desubicados” frente a una sociedad que no logra contenerlos. Se considera legítimo que peticionen, pero esta petición es considerada en el marco de un juego de propuestas y contrapropuestas, de oferta y demanda, un juego de suma cero, donde algunos pueden relativamente perder y otros relativamente ganar, pero el sistema como tal se mantiene (se “conserva”). Los individuos ante determinadas situaciones que demuestran un funcionamiento no adecuado, se organizan, peticionan, protestan como respuesta a las anomalías del sistema y ante esto, el sistema responde, o no, a estas demandas puntuales. De aquí, el interés por analizar la organización interna de los movimientos sociales. La movilización de recursos apela a la capacidad de organización del movimiento social para constituirse a si mismo, y así poder conformarse como un actor apto para interaccionar en el sistema. Es decir, importa ver que tipo de recursos organizacionales, humanos y financieros posee un movimiento social para poder constituirse como un interlocutor dentro del sistema.

    Paralelamente, se desarrolla en Europa una corriente (liderada por algunos ex - marxistas o socialdemócratas) que sin cuestionar en lo fundamental a las corrientes norteamericanas, harán hincapié en otros aspectos  no cubiertos por esta y que terminarán siendo complementarios. Sus objetos de estudio fundamentales serán las movilizaciones pacifistas, estudiantiles, ecologistas y  feministas. A. Touraine, C. Offe y A. Melucci son tres de sus representantes más conocidos y citados por los investigadores argentinos. En primer lugar, van a sostener la imposibilidad de generalizar, por lo cual hay que hacer estudios particulares, particularizados de cada movimiento social. Y en segundo lugar, esta teoría se construye fuertemente en base a la cuestión de la identidad. Lo importante ahora, más que la organización, es descubrir cual es la identidad (estrictamente en términos simbólicos-culturales) que se esconde detrás de cada movilización de protesta. Es decir, si las corrientes norteamericanas lo que hacen fundamentalmente es seguir la tradición liberal-funcionalista, estas corrientes europeas tomaran la teoría de la “acción social”, mas individualista y menos generalizante. La premisa básica de las teorías de la identidad, para decirlo muy gráficamente es la siguiente: hay un sector de ciudadanos que no se sienten identificados con el sistema social general, entonces se empiezan a congregar en base a determinadas inquietudes personales y esta posibilidad de reunirse y organizarse en movimientos sociales les permite reconstruir la identidad que habían perdido, y abandonar así su condición de “parias”. Es decir, que la reconstrucción de la identidad perdida sería el resultado o el objetivo hasta casi inconsciente de los movimientos sociales.

    Una categoría clave que se suma a las anteriores es la de “nuevos movimientos sociales”. La preocupación fundamental radica en diferenciar los movimientos sociales post ´68 de los anteriores y es así que surgen las “teorías de los nuevos movimientos sociales”. Este énfasis en la figura de “nuevo movimiento” está relacionado con transformaciones fundamentales de las sociedades industriales, siendo los casos de estudio los movimientos pacifistas, ecologistas, feministas, etc., que emergen  con relativa fuerza en la Europa de los años ´60 y ´70. Mientras los “viejos” movimientos sociales, eran organizaciones institucionalizadas centradas casi exclusivamente en los movimientos de la clase obrera, los nuevos movimientos, por oposición, poseen organizaciones más laxas y permeables. De aquí, la diferenciación entre un viejo y un nuevo paradigma político. Los contenidos del viejo paradigma se relacionan con el crecimiento económico y la distribución, la seguridad militar y social y el control social; y para el nuevo, con el mantenimiento de la paz, el entorno, los derechos humanos y las formas no alienadas de trabajo. Los valores se orientan hacia la libertad y la seguridad en el consumo privado y el progreso material dentro del viejo paradigma; y hacia la autonomía personal e identidad en oposición al control centralizado, para el nuevo paradigma. Por último, en los modos de actuar, para el viejo paradigma se daba una organización interna formalizada con asociaciones representativas a gran escala y una intermediación pluralista en lo externo unida a un corporativismo de intereses basado en la regla de la mayoría junto a la competencia entre partidos políticos; en cambio, para el nuevo paradigma, en lo interno se basa en la informalidad, la espontaneidad, el bajo grado de diferenciación horizontal y vertical, y en lo externo, por una política de protesta basada en exigencias formuladas en términos predominantemente negativos. Esta diferenciación entre nuevo y viejo movimiento social, es adoptada en Argentina, marcando fuertemente la mayor parte de los estudios. “En los momentos en que los estudios de los nuevos movimientos se abrían paso fue necesario marcar las diferencias de las nuevas resistencias con el viejo conflicto de tipo estructural `capital/trabajo´. Se hablaba del registro de nuevas formas de subordinación que rompían con la idea de identidades plenas como las de clase. Los nuevos conceptos de `acción colectiva´, `protesta´ registran nuevos conflictos que no refieren al espacio de clase.”[5]  

    Para cerrar con esta segunda parte, y adelantando lo que se tratará mas profundamente en la próxima entrega, es necesario hacer notar que todas estas teorías, de una manera, aunque mas no sea sumamente suavizada y sutil, están sumando su aporte a la construcción de la idea hegemónica de pensamiento único.  Es que, por un lado se pone el énfasis casi excluyente  en explicaciones que, derivadas del positivismo y funcionalismo, se basan en la existencia de un sistema social en que puede haber partes que se desajustan y estas partes en todo caso expresan anomalías o patologías de este sistema y que aquel que interviene políticamente, lo que tiene que hacer es sencillamente ajustar estas partes desajustadas (recomponer el sistema), porque no existe nada más allá del propio sistema social tal cual se ha desarrollado hasta ahora. Esto habla de un peligroso proceso de naturalización de las relaciones sociales tal cual están establecidas bajo los parámetros dominantes. Además, el problema es justamente la organización y no tanto los motivos por los cuales se está protestando y peticionando, o luchando. En el caso de las teorías de la identidad, ocurre algo parecido en términos de las consecuencias que implica aplicar este marco conceptual. Porqué, aunque el marco teórico de base pretenda ser otro, pues la matriz deriva de las teorías no funcionalistas de la acción social (relativistas y subjetivistas). Se habla casi exclusivamente de la constitución de la identidad interna y la imposibilidad de generalizar (lo que implica, entre otras cosas, negar la voluntad manifiesta en muchas oportunidades por los diversos movimientos sociales de ligar y complementar sus luchas, dado que en muchos casos reconocen un enemigo común).

    Lo último, pero no por esto menos importante, sino todo lo que contrario, es que en todas estas corrientes teóricas, la dimensión política está al menos, muy subvaluada. El énfasis en la organización y la identidad deja de lado el conflicto por el poder y el cambio social (el árbol no les deja ver el bosque). Esto anula toda posibilidad de preguntarse por la existencia o no de un proceso de lucha y movilización anti-sistémico, tendencia reforzada por la antes mencionada naturalización del status-quo. Es que si se reconoce a la sociedad vigente como válida, no es necesario preguntarse por la necesidad de un cambio.


Notas

[1] Gómez, Marcelo: “Crisis del capitalismo, formas de conciencia y resurgir de la acción colectiva”, en Revista Theomai, Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo. Número especial, invierno 2002

[2] Schuster, F.: Las protestas sociales y el estudio de la acción colectiva. En Schuster, Naishtat, Nardacchione y Pereyra (comp.), Tomar la palabra. Estudios sobre protesta social y acción colectiva en la Argentina contemporánea. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005, pp. 46

[3] Svampa, M. y  S. Pereyra: Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras. Buenos Aires, Biblos, 2003, pp. 11-14

[4] Naishtat, F y F. Schuster.: Introducción.. En Schuster, Naishtat, et al., Op. Cit. pp. 10

[5] N. Giarraca: La composición del mapa social. En, Ñ, revista de cultura, nº 144, 1 de julio de 2006, pp. 18