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Extramuros
Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos - Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año II, Nº V                                                                                                   Mayo - Agosto de 2006 

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Imagen cotidiana de un hombre común

 

Diego A. Mammän

 

Las sombras del día se hacen presentes en la oscuridad de la noche. Los hombres intentan huir hacia las mismas jaulas de las que escaparon. El bostezo de un nuevo día delata dos realidades enfrentadas.

Una esquina es testigo de figuras que desfilan su opulencia. Las luces existen para resaltar su egoísmo y ambición. Entre la bruma enmohecida por fragancias y alcoholes, la silueta de la arrogancia camina hacia su automóvil. El chofer lo espera con la puerta abierta y haciendo su mejor sonrisa, intenta ser servil con el dueño de su cansancio.

Pero ahí nomás, justo en frente, otro hombre (como éste que escribe, como usted que lee), se halla observando esa escena que lo golpea con imágenes del pasado; y con éstas, la de una guillotina que le iban amputando sus tres dedos de la mano derecha, mientras la sangre se mezclaba con su sudor y el aceite de un torno viejo.

La puerta del coche se cerraba y con ella la presencia eterna del último día de trabajo. Sus lágrimas se ocultaban tras el ruido de la fábrica, y en su casa se escondían sobre el pecho de su mujer.

Los cincuenta y cuatro años lo excluyen del trabajo tanto como la ausencia de sus tres dedos. Su bolsillo solo existe para abrigar sus manos congeladas por el frío.

Vuelve a levantar la vista y se da cuenta que detrás de esa ventanilla, se aleja el culpable de su frustración; los anteojos no opacan la mezquindad de ese hombre. La falsedad de su gesto es la misma que niega más salario, y también la que justifica su riqueza.

Ocho años pasaron del último engranaje sin terminar. La desesperación, el llanto y su cuerpo amputado salían de esa fábrica para no volver.

Cierra los ojos, muerde su bronca y apretando su puño ausente embiste en frenética estampida al coche que emprendía su partida. El aliento de su grito empaña la complacencia de un cuerpo fláccido y amorfo que se escurría entre las butacas de aquel habitáculo. Un puñetazo se estampa en el cristal que separa el adentro del afuera, los ojos temerosos que parten del interior, descifran la identidad de aquel hombre que alguna vez cambió sangre por dinero.

La impronta de una acelerada vertiginosa lo desnuda en una realidad que tendrá venganza, mientras camina con un clasificado bajo el brazo en busca de su dignidad.

Cinco platos vacíos le dan la fuerza para no aflojar.