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Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos - Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año II, Nº VI                                                                                  Septiembre - Diciembre de 2006 

 

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El rock frente al autoritarismo

 

 

por Ariel Kocik

 

 

 

 

Algunos artistas de rock desempeñaron, al decir del periodista Enrique Symns, un papel de “agentes sanitarios” del espíritu en épocas de represión y miedo instalado, desnudando hipocresías y subvirtiendo normas sociales que ayudaron a sustentar regímenes decadentes. En ocasiones pagaron con la cárcel. ¿Qué sucedió en la Argentina de los años de dictadura? ¿Hasta dónde llegó la actitud de denuncia y la irreverencia de nuestras bandas pioneras?

 

 

 

 

 

El movimiento rockero local se llevó a cabo, durante los setenta, en cierta tensión con las autoridades y un poco condenado por la moral pública, pero aparentemente distó de constituir una auténtica resistencia como muchas veces se ha dicho, en un sentido social o político. Artistas como Charly García o Luis Alberto Spinetta se las ingeniaron para expresar lo suyo en un contexto poco propicio, pero muy lejos de insinuar algo parecido a una ruptura con “el sistema”, y sin ser empujados al exilio como sucedió con intérpretes como Mercedes Sosa. Todo indica que el círculo de habitués de los conciertos de rock y de gente vinculada a lo que fue la contracultura hippie en nuestro país no llegó a ser tan masivo para resultar una amenaza al orden establecido. Además, sus propuestas no pasaban por las consignas políticas como sí ocurría con muchos folckloristas, en una época en que los movimientos exaltaban lo nacional, con cierta fobia por los ritmos considerados extranjerizantes (como el blues).

No debieron lamentar desaparecidos y convivieron con la represión. El gobierno tuvo otros enemigos principales en la mira.

Curiosamente, donde el rock mostró con más audacia su espíritu contestatario fue en el comunismo, en su versión de Europa del Este, donde existió una verdadera resistencia en circunstancias completamente desfavorables, como la prohibición lisa y llana de todo contenido “desafiante”, pese a que los grupos como el famoso Plastic People, cuyos miembros fueron encarcelados en Praga, se limitaban a defender un modo de vida digno y un espacio para su libertad sin atacar directamente a las autoridades.

Al comparar con el movimiento en la Argentina, cuesta encontrar una situación apenas parecida. Bandas como Los Gatos, Almendra o Vox Dei eran un quiebre con una música mercantil que se popularizó a fines de los 60’, pero no con el gobierno de Onganía ni con la siguiente dictadura. Existían, sí, detenciones en los shows y cierta discriminación, pero no eran perseguidos. Sólo en La Plata hubo atropellos hacia los miembros de las comunidades hippies, e incluso torturas. Eso pinta a esa ciudad universitaria como centro de experiencias tal vez más intensas y a tono con lo que fue la contracultura en Europa y en los Estados Unidos, cuyas novedades llegaban por medio de jóvenes con poder adquisitivo que viajaban (como Skay Beillinson).

Un hecho crucial en la relación entre el rock y los militares fue Malvinas. Es decir, cuando se utilizó a los músicos en beneficio de los objetivos del gobierno, que llegó a difundir sus canciones cuando decidió prohibir las letras cantadas en inglés. Allí fue destacable la actitud intransigente del grupo Violadores, cultor de un punk agresivo y rebelde, que desechó el apoyo oficial y denunció a los artistas “apadrinados” por el régimen.

También hubo bandas que desplegaron estéticas provocativas, como respuesta al aburrimiento, el orden y la hipocresía reinante en los años de plomo. Los Redonditos de Ricota congregaban artistas y marginales en los sótanos del under porteño, donde había lugar para el teatro, los desnudos y el escándalo. Sumo apareció como una irrupción novedosa, que sacudiría la escena local, y no dejó de tocar temas en inglés cuando parecía que todos – incluso gente reprimida por la dictadura – se habían vuelto nacionalistas.

En realidad, no parece necesario enfatizar contra los músicos que “no enfrentaron a los militares”, pues fue una actitud esperable para gente algo desinformada – como toda la población - y que además no tenía un compromiso político, y que tampoco tenía por qué tenerlo en sentido estricto. Muchos de los que sí lo asumieron, pongamos por caso, se convirtieron en activistas violentos y aislados (con no pocos prejuicios), y para muchos facilitaron pretextos a la dictadura con sus intentos de legitimidad dudosa, lo que muestra que no es tan sencillo deslindar responsabilidades sobre todo el horror desencadenado en la época y sus consecuencias sobre la vida social.

Esa fue una bifurcación muy clara para una generación: por un lado las guerrillas armadas de signo guevarista, y por el otro todo el movimiento psicodélico, como dos formas distintas para los jóvenes de movilizar su rechazo a la sociedad de consumo, en un momento en que se expandía la leyenda de Vietnam, el Che y toda la New Left, y el fenómeno del hippismo de la mano de los Beatles. Unos como parte de una lucha por la distribución del poder, y otros cuestionando los valores de la cultura en que esa lucha se libraba.

Tal vez la virtud del rock haya sido no ver una historia de buenos y malos, de víctimas y victimarios, sino cuestionar los prejuicios y la moral (también los atropellos) sin condicionarse por afinidades ideológicas como suele suceder en la política. A la inversa, se le puede criticar que no ofreció ninguna alternativa – más que la reclusión creativa en campos y comunidades fraternas – para cambiar las estructuras de un sistema que decía repudiar.

Pero pese a sus contradicciones, su herencia, en los lugares donde supo calar es una mentalidad renovada, mucho más tolerante y de respeto por la paz y los derechos elementales, con una amable claridad que tal vez le haya faltado a varios que le cuestionaron su falta de “corrección” política. Sus planteos – hedonismo, exploración interior, libertar personal – a lo mejor fueran irreconciliables con cierta militancia acostumbrada a un pensamiento lineal y a repetir dogmas, pero lo que dejó su aventura quizás ayude a una nueva generación a unificar la batalla por un mundo mejor con la mirada de gente que advirtió (con herramientas no del todo santas) especialmente, los puntos en común que tienen los extremos ideológicos, y condenó toda forma de opresión y desprecio por la dignidad.

 

 

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