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Año III, Nº VII                                                                                          Enero – Marzo de 2007 

 

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La palabra y la vida

A 30 años del asesinato de Rodolfo J. Walsh

 

 

por Colectivo de redacción

 

 

 

 

"Fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles". Epitafio presentido o no, Rodolfo J. Walsh ­­­-el escritor, el periodista, el militante, el hombre íntegro- cerraba así su ya histórica y emblemática  Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar.

Dar testimonio en tiempos difíciles. Sin duda, una frase imponente, propia del frontispicio de una academia o de un multimedio progre. Pero pronunciada por Walsh, cobra el sentido de estar digerida por la vida, entripada en lo más profundo del alma humana. Cualquier cronista, periodista de investigación o intelectual comprometido, podría tomar la idea para sintetizar y orientar su diaria labor.  De hecho, muchos ya lo han hecho. Y está bien, aunque, en rigor, se percibe una ausencia.

Y aquello que falta, aquello que las buenas y huidizas palabras no logran aprehender y expresar, lo agregó Walsh con su vida. Porque en Walsh, sin duda, la palabra como acto cabal, esencial y transformador, no se divorció nunca de la vida. O por lo menos, no lo hizo desde, pongamos una referencia necesaria, 1956.

No es vano imaginar esa situación fundacional, tan digna de una novela de García Márquez. Fines de aquel año, una asfixiante noche de calor en un café de La Plata. Parroquianos cansados y trabados en largas polémicas; un Walsh que rodea los treinta años, apasionado jugador de ajedrez hasta la adicción, en una noche más de contienda intelectual. Allí ocurre el milagro. Frente a un vaso de cerveza, un hombre cualquiera pronuncia las palabras mágicas: "Hay un fusilado que vive". Allí comienza Operación Masacre, pero allí también comienza otra vida para Walsh.

De algún modo, Walsh no pudo ni quiso sustraerse nunca a esas palabras, que desencadenaron un giro esencial en su vida y en su obra como periodista y escritor. Vida y obra: en este caso son términos intercambiables; ambos, en realidad, conforman el mismo texto complejo, coherente, sin fisuras. Walsh persiguió el resto de su vida, y en sus textos, a esos fantasmas fusilados, que con el devenir del tiempo histórico, tomaron otros nombres y circunstancias.

A primera vista, se diría que Walsh cruzó de un extremo a otro el arco ideológico: del antiperonismo inicial, hasta su militancia final en la organización armada peronista Montoneros en la que, no obstante,  formuló serias críticas.

Así es como “estos” Walsh pudieron escribir algo como "he sido partidario del estallido de setiembre de 1955" (en el Provisorio Epilogo a Operación Masacre), o finalizar el texto de su vida entregándola en la militancia montonera.

¿Cómo captar semejante trashumar sin caer en facilismos? La respuesta la da el propio Walsh con su vida/obra. Con una franqueza a prueba de balas,  la vida/obra de este intelectual oriundo del lejano Choele-Choel patagónico, brilla con la difícil cualidad de poseer una producción agobiante con pareja calidad y destellos imperecederos. Velocidad y exactitud reclamaba Walsh a los periodistas, tanto como se reclamaba a sí mismo. Difícil pareja, que sólo el talento y el oficio pueden contribuir a no divorciar. Esa producción sesuda, cargada de vida y movilizada por la utopía transformadora, hará de RJW un personaje paradigmático en latinoamérica. Sin duda, el texto más imprescindible de Walsh es su vida/obra, y el mismo Rodolfo J. es su personaje más acabado.

Los textos de Walsh, ayer como hoy, respiran frescura y exudan vigencia, por donde se los mire. Walsh es un clásico, pero a diferencia de tantos otros clásicos, de nuevo, su vida/obra lo hacen un clásico original. El militante lúcido, infatigable y crítico, junto al escritor pulcro y al periodista obsesionado por la exactitud y la fidelidad a los hechos, hacen de Walsh no un modelo para imitar, sino una guía permanente de trabajo y reflexión.

Los críticos posmodernos podrán estrujar, limitar, cancelar el lenguaje desde textos insoportables; así y todo, la realidad y la palabra viva los esperan afuera, desafiantes. Y la palabra, aún en su complejidad, no se deja minimizar por esos hacedores de la nada. La palabra sincera que poetizaba Martí, la palabra propia y transformadora, liberadora de los oprimidos que reclamaba Freire; la palabra asociada a la vida sigue dando los mejores actos de vida. Y eso, nada más y nada menos, fue y es Walsh.

El incorregible Osvaldo Bayer afirmó que Walsh “es el mejor intelectual argentino"; es difícil no acordar con ese dictamen.

¿Qué hubieran dicho Walsh y tantos miles de sacrificados militantes, cuando en la infame década del ´90 se traicionó tanto y tan hondo aquella utopía de los ´70?

Con certeza, hoy como ayer, Walsh iría detrás de todos los fusilados, marginados, entuertos,  entregas y negociados que deambulan como falsos muertos vivos, persiguiéndolos con la tenacidad de su sangre irlandesa y patagónica, no dándoles tregua jamás, dando testimonio siempre, en éstos  otros tiempos difíciles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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