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“La resistencia es una actitud de vida”
Una historia, a cinco años del estallido
por Juan C. Benavente
20 de diciembre de 2001: Argentina es un volcán.
Movilización, rebelión, estallido. Pero todo popular y espontáneo, a
pesar de algunos saqueos organizados. La erupción social desparramó iniciativas de ejercitar la vieja y
olvidada democracia directa, aceleró la recuperación de fábricas y
empresas por parte de los trabajadores, y catalizó el descreimiento
absoluto de la política representativa, sin duda resumido en el histórico
que se vayan todos. ¿Qué quedó de esa explosión popular, cinco años después? Esta nota propone
andar uno de los caminos posibles: rescatar el recuerdo de una de las
pequeñas historias personales que ese día único, cruzó su destino en
Buenos Aires con el de otras miles de historias, y colectivamente
generaron un hecho que merece la memoria de las generaciones
venideras.
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Hoy,
todo parece lejano. La movilización social decayó, las cacerolas
volvieron a la cocina y el que se vayan todos arranca alguna que otra nostalgia.
Todo parece lejano, y a la vez, tan cercano como si hubiera surgido de la
gente misma... Allí en la Capital Federal quedaron 5 de los 37 muertos
que hubo en todo el país, y aún quedan algunas Asambleas.
Una historia
“A
veces pienso que no estuve allí, que fue irreal; pero allí me emocioné,
quise entonces que la movilización durara siempre… Pienso que sólo estuve
donde tenía que estar, nada más; siempre me sentí, de un modo u otro,
comprometido con la realidad”.
Con
el brillo fresco de la emoción y del recuerdo en los ojos, Daniel Rodolfo
Martínez, el dany, resume su paso por aquel 20 de diciembre de 2001 y
también por la historia, una historia que no suele recordar a los tantos
actores desconocidos que la hacen.
Martínez porta hoy 41 años y 2 hijos, y algunos
kilos más que en esos días que lo marcaron para siempre. Rebelde y
frontal hasta donde su memoria lo lleva, supo enfrentarse a la patronal y
a la conducción del gremio metalúrgico desde su puesto de delegado obrero
en la empresa MTM, de capitales alemanes. Allí, empleado como Oficial
Soldador y luego de varios años de estabilidad laboral, Martínez es
dejado cesante a mediados de los ’90 bajo un argumento archirepetido:
había que achicar personal. Y entre los achicados quedó él. Para la
patronal, no fue difícil la decisión: sin duda, su prontuario como
delegado obrero y el indeclinable compromiso con los compañeros, pesaron
más que su eficacia y precisión profesionales.
Desde ese momento, Martínez comienza un duro trajinar por calles y
oficios: desocupado, sub-ocupado, changarín, canillita, carpintero,
artesano, albañil, florista, pastelero.
Con el nuevo milenio aparece en el horizonte una
débil promesa laboral: con fervor, acondiciona un local y monta una
heladería, La Cabaña, cuyo nombre evoca a uno de sus sueños, el de vivir
en el interior del país. Pero su
cabaña real está en el conurbano bonaerense, en la localidad de Wilde, en
un barrio asolado por la delincuencia.
A
metros de allí y durante el invierno, Martínez trabaja como empleado en
una churrería. Poeta, cantautor y ex – baterista en bandas de rock de la
zona sur, dany es un escéptico bastante particular, que no reniega de sus
esperanzas de “cambiar la realidad”. Justamente una mezcla de esperanza,
convicciones personales e irritación, amasados al fuego lento de los años
de indignación, lo llevaron a esa Capital Federal, aquel 20 de diciembre.
“No
me llevó Ruckauf (1) ni nadie, como a tantos de los que estábamos allí en
capital -aclara Martínez-. Supe
después que hubo gente que fue movilizada para provocar los saqueos. No
estoy ni estuve nunca afiliado a partido alguno. Recuerdo bien aquel día
(el 20): estaba trabajando en la heladería, vi por TV lo que pasaba y no
dudé: tengo que estar allí, me dije. Pasado el mediodía cerré la
heladería y enfrente mismo tomé el colectivo. Treinta y cinco minutos
después estaba en la Diagonal Sur, en la Capital”.
“Otra oleada de represión –continúa Martínez- ya había comenzado
en la Plaza de Mayo. Había confusión, no se veía bien. Mucha gente estaba
cerca del monumento a Roca (en la Diagonal Sur), sin embargo, la actitud
de la gente no era violenta. Desde algunos negocios y cocheras nos
facilitaban agua. Por los motoqueros, que iban de un lado a otro y se comunicaban
por celular, nos enterábamos de lo que pasaba”.
Minutos después, la sensación de que “no iba a pasar nada”, como
la calma que presagia a la tormenta, cambió. “Supimos que la policía
había bajado a alguien -comenta Martínez- y al rato, todos estábamos
tirándole a la cana lo que encontrábamos en el camino. Tuvimos que
defendernos con lo que pudimos, porque la masacre que hizo esa gente es
inconcebible; había que estar allí para ver y sentir… Hay que aspirar los
gases, sentir las balas, la transpiración y el nerviosismo en el cuerpo y
no saber para dónde salir… y yo venía de vender helados”.
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Era todo blando y no era nieve/
había de este y del otro lado de una línea
imaginaria/
gente que no había desayunado/
Hubo alguien que una noche antes dijo:/
‘Hasta mañana, si Dios quiere’/
Y Dios no quiso/
Unos que mienten y otros que no olvidan/
Otros que piden y unos que no dan nada/
Y alguien quiere una cosa y otros quieren otra/
Y la sangre siempre corriendo en sentido contrario/
siempre en sentido contrario…/
Fragmentos del poema
Diciembre 20, de Daniel R. Martínez
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“Y la sangre corriendo en sentido contrario…
siempre”
Habían pasado las 16 horas. En la Avenida de Mayo al 600, casi esquina
Chacabuco, frente al edificio de vidrios negros donde funciona el banco
HSBC, un grupo de resistentes habría tirado piedras y pateado las
puertas. Desde adentro del edificio respondieron con balas de plomo. “Uno
de esos tiros dio en la cara de un joven de pantalón corto y remera.
Corrió tambaleante unos metros, cayó en el pavimento. Alrededor se formó
una ronda de caras sudadas y llenas de dolor. La sangre del joven brotó a
raudales y avanzó y escurrió por una alcantarilla”.
De
acuerdo al testimonio de numerosos testigos, así murió Gustavo Ariel
Benedetto, una de las cinco personas que asesinó la Policía Federal esa
calurosa tarde de diciembre en la capital. Benedetto tenía 23 años. La
autopsia reveló que lo mató una bala calibre 9 mm., el calibre del arma
reglamentaria de la policía.
“Yo
mismo vi que la policía tiraba con sus armas reglamentarias hiriendo a varias personas”, aseguró
Martínez. “Y queda para pensar: ningún policía murió. Si uno va con premeditación,
como se dijo, preparado para combatir a la policía, no vas a ir solamente
con un delantal de heladero, como fui yo, o con una gomera…”.
De
pronto, en medio de una de las
improvisadas barricadas que la gente armó para resistir el avance de la policía, Martínez se vio arengando
a los desconocidos que, como él, estaban allí, por bronca, indignación y
determinación: Recuerda Martínez: “No tuve tiempo de reflexionar al calor
de los hechos, grité varias veces, ´¡A qué vinimos, acá estamos, vamos!´,
y tirábamos piedras y no refugiábamos, y así siempre. Creo que estaba en
el lugar que me correspondía estar. Necesitaba estar ahí. Sabíamos que
íbamos a atacar a la policía los 50 o 100 personas que resistíamos ahí.
Nos quisimos quedar a luchar. No dijimos ‘vámonos, que nos van a matar’;
no sé bien por qué, pero nos teníamos que quedar allí. Y muchos pensamos
lo mismo. Todo fue espontáneo”.
“La
policía –refiere Martínez- estaba en su plenitud, estaba a gusto. Tiraban
al cuerpo con todo. En un momento, exhausto por los gases, casi sin poder
respirar, quedé tendido en el pasto. ‘Hasta acá llegué’, pensé. Entonces
alguien me alcanzó un vaso de agua. Y seguí”.
Respecto de los saqueos que hubo en la ciudad de Buenos Aires ese
día, Martínez coincide con la actitud de otros actores que participaron
del estallido: “Dos o tres locos comenzaron a romper vidrieras, no
recuerdo dónde… Rápidamente les aclaramos que no estábamos allí para eso,
que la policía era el enemigo. Y los sacamos”.
“Cuando me enteré que él (por el ex presidente Fernando De la Rúa)
se fue en el helicóptero, dije: listo. Yo lo puse, yo lo saqué. Desde
entonces, no voté nunca más” añadió Martínez.
“Hacer lo que te guía el corazón”
“Llegar a la Plaza de Mayo y pedirle a De la Rúa que se vaya, eso era
todo”, comentó el rebelde vendedor de helados, quien rápidamente agregó:
“nadie va a que lo maten. Pero uno viene arrastrando bronca e impotencia
desde hace muchos años. Me sentía más responsable por lo que hacía ese
señor (se refiere a De la Rúa); además lo votamos para cambiar algo de lo
que había hecho la rata” (el ex
presidente Carlos Menem).
Más
escéptico, y poniendo en discusión lo que algunos opinan, para Martínez
no hubo grandes cambios desde aquellos días: “No sé si hubo un quiebre a
partir del 20 de diciembre; quería que la movilización dure siempre, pero
la gente se cayó. En esos días se insinuó una esperanza, se podía haber
logrado más. Creo que por el sacrificio de los que murieron en diciembre de 2001, hoy me siento
defraudado. No se trataba de cambiar una cara por otra, era algo más. Y
después de todo eso aparece Duhalde (2), no es justo”.
“Estuve en otro de los
‘cacerolazos’ contra Duhalde –continúa Martínez-, fue el 25 de
enero de 2002. Casi a medianoche, cuando la gente (incluso había muchas
familias con hijos que fueron a manifestar) se retiraba de la Plaza de
Mayo en absoluta calma bajo una lluvia torrencial, la policía comenzó una
represión inaudita. Si lo hicieron para amedrentar y asustar, en mi caso
me empujó más a combatirlos. Fui a varias movilizaciones más. Luego dejé
de ir, sentía que era inútil. No había organización. Hay mucha división
entre la gente”.
A
más de tres años de gobierno del presidente Néstor Kirchner, este
ciudadano autoconvocado, a pesar de compartir algunas medidas tomadas por
el gobierno actual, afirma con tristeza: “Nada cambió. Las medidas
políticas que tomó Kirchner respecto de los Derechos Humanos y otras, son
las que debería tomar cualquiera que llegue al gobierno. No hace nada extraordinario,
aunque me asombra que lo haga alguien que proviene del peronismo. Pero no
veo un cambio de fondo”.
A
cinco años de aquellas jornadas de diciembre de 2001, Martínez prefiere
no bajar los brazos en las formas de lucha cotidiana, y mira críticamente
lo que ocurrió desde entonces con la movilización popular: “Hace falta
movilización popular, pero no creo que sirvan estos cortes de los
piqueteros. No son inteligentes. Tienen que coordinar, primero entre
ellos, luego con otros sectores. Tienen que sentarse en un café –yo les
pago el café- (risas), no pueden ser tan pelotudos. Apretar a quien te
aprieta. Se ponen a mucha gente en contra, aunque tampoco defendería a
más de uno que los critica. A veces, cuando iba a una marcha, no dejaban
avanzar el colectivo siendo que varios íbamos para la Plaza de Mayo. Yo
no creo que para cambiar la historia haya que ir y matar a la policía
solamente o quemar un edificio. Hay que hacer lo que te guía el corazón,
y también luchar desde tu lugar: Con Edesur, con Telefónica, con quién
sea. Si todos nos movilizáramos contra las empresas, por ejemplo, la
historia sería otra. No puedo creer que en este país falte energía o gas”
reflexiona Martínez.
La
cortina de la heladería “La Cabaña” está cerrada. Martínez aprovecha el
día de descanso para hacer algunos arreglos en el local que él mismo
ambientó artesanalmente con madera.
Y apoyado en la barra, entre diarios, libros,
herramientas y un grabador de periodista que recoge su testimonio,
Martínez enfatiza: “Siempre la culpa la tenemos nosotros. Nosotros
tenemos que hacer el sacrificio. Se lo escuché decir a mi abuelo, a mi
viejo, fue siempre lo mismo. Uno no puede ser tan idiota. Cuando entrás a
tu casa y no tenés para los impuestos,
para tu hijo que te pide para la escuela o para algo, no te
alcanza para la comida, para vestirte, en algún momento hay que darse cuenta: uno pone el
esfuerzo y la vida y los frutos siempre se los lleva otro. No hace falta
que seas peronista, radical o marxista; es cuestión de sentido común. O
sos incapaz o te joden. No creo que esto se solucione con ir a votar cada
cuatro años. Como le dije a un amigo el otro día, yo creo que la
resistencia es una actitud de vida”.
Notas:
1.
Carlos Ruckauf (PJ), entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires,
y sobre quien pesan acusaciones de provocar los saqueos en la provincia,
usando el aparato partidario.
2.
El 1º de enero de 2002, la Asamblea Legislativa proclamó a Eduardo
Duhalde presidente provisional. Hubo 262 votos a favor, 21 en contra y 18
abstenciones.
Fotografías:
Juan
C. Benavente
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