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Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos - Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año III, Nº VII                                                                                       Enero – Marzo de 2007 

 

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“La resistencia es una actitud de vida”

Una historia, a cinco años del estallido

 

 

por Juan C. Benavente

 

 

 

20 de diciembre de 2001: Argentina es un volcán. Movilización, rebelión, estallido. Pero todo popular y espontáneo, a pesar de algunos saqueos organizados. La erupción social desparramó  iniciativas de ejercitar la vieja y olvidada democracia directa, aceleró la recuperación de fábricas y empresas por parte de los trabajadores, y catalizó el descreimiento absoluto de la política representativa, sin duda resumido en el histórico que se vayan todos. ¿Qué quedó de esa explosión popular,  cinco años después? Esta nota propone andar uno de los caminos posibles: rescatar el recuerdo de una de las pequeñas historias personales que ese día único, cruzó su destino en Buenos Aires con el de otras miles de historias, y colectivamente generaron un hecho que merece la memoria de las generaciones venideras. 

 

 

 

 

      Hoy, todo parece lejano. La movilización social decayó, las cacerolas volvieron a la cocina y el que se vayan todos arranca alguna que otra nostalgia. Todo parece lejano, y a la vez, tan cercano como si hubiera surgido de la gente misma... Allí en la Capital Federal quedaron 5 de los 37 muertos que hubo en todo el país, y aún quedan algunas Asambleas.

 

 

 

Una historia

 

      “A veces pienso que no estuve allí, que fue irreal; pero allí me emocioné, quise entonces que la movilización durara siempre… Pienso que sólo estuve donde tenía que estar, nada más; siempre me sentí, de un modo u otro, comprometido con la realidad”. 

      Con el brillo fresco de la emoción y del recuerdo en los ojos, Daniel Rodolfo Martínez, el dany, resume su paso por aquel 20 de diciembre de 2001 y también por la historia, una historia que no suele recordar a los tantos actores desconocidos que la hacen.

Martínez porta hoy 41 años y 2 hijos, y algunos kilos más que en esos días que lo marcaron para siempre. Rebelde y frontal hasta donde su memoria lo lleva, supo enfrentarse a la patronal y a la conducción del gremio metalúrgico desde su puesto de delegado obrero en la empresa MTM, de capitales alemanes. Allí, empleado como Oficial Soldador y luego de varios años de estabilidad laboral, Martínez es dejado cesante a mediados de los ’90 bajo un argumento archirepetido: había que achicar personal. Y entre los achicados quedó él. Para la patronal, no fue difícil la decisión: sin duda, su prontuario como delegado obrero y el indeclinable compromiso con los compañeros, pesaron más que su eficacia y precisión profesionales.

      Desde ese momento, Martínez comienza un duro trajinar por calles y oficios: desocupado, sub-ocupado, changarín, canillita, carpintero, artesano, albañil, florista, pastelero.

Con el nuevo milenio aparece en el horizonte una débil promesa laboral: con fervor, acondiciona un local y monta una heladería, La Cabaña, cuyo nombre evoca a uno de sus sueños, el de vivir en el interior del país.  Pero su cabaña real está en el conurbano bonaerense, en la localidad de Wilde, en un barrio asolado por la delincuencia.

      A metros de allí y durante el invierno, Martínez trabaja como empleado en una churrería. Poeta, cantautor y ex – baterista en bandas de rock de la zona sur, dany es un escéptico bastante particular, que no reniega de sus esperanzas de “cambiar la realidad”. Justamente una mezcla de esperanza, convicciones personales e irritación, amasados al fuego lento de los años de indignación, lo llevaron a esa Capital Federal, aquel 20 de diciembre.

      “No me llevó Ruckauf (1) ni nadie, como a tantos de los que estábamos allí en capital -aclara Martínez-.  Supe después que hubo gente que fue movilizada para provocar los saqueos. No estoy ni estuve nunca afiliado a partido alguno. Recuerdo bien aquel día (el 20): estaba trabajando en la heladería, vi por TV lo que pasaba y no dudé: tengo que estar allí, me dije. Pasado el mediodía cerré la heladería y enfrente mismo tomé el colectivo. Treinta y cinco minutos después estaba en la Diagonal Sur, en la Capital”.

      “Otra oleada de represión –continúa Martínez- ya había comenzado en la Plaza de Mayo. Había confusión, no se veía bien. Mucha gente estaba cerca del monumento a Roca (en la Diagonal Sur), sin embargo, la actitud de la gente no era violenta. Desde algunos negocios y cocheras nos facilitaban agua. Por los motoqueros, que iban de un lado a otro y se comunicaban por celular, nos enterábamos de lo que pasaba”.

      Minutos después, la sensación de que “no iba a pasar nada”, como la calma que presagia a la tormenta, cambió. “Supimos que la policía había bajado a alguien -comenta Martínez- y al rato, todos estábamos tirándole a la cana lo que encontrábamos en el camino. Tuvimos que defendernos con lo que pudimos, porque la masacre que hizo esa gente es inconcebible; había que estar allí para ver y sentir… Hay que aspirar los gases, sentir las balas, la transpiración y el nerviosismo en el cuerpo y no saber para dónde salir… y yo venía de vender helados”.

 

 

Era todo blando y no era nieve/

había de este y del otro lado de una línea imaginaria/

gente que no había desayunado/

Hubo alguien que una noche antes dijo:/

‘Hasta mañana, si Dios quiere’/

Y Dios no quiso/

Unos que mienten y otros que no olvidan/

Otros que piden y unos que no dan nada/

Y alguien quiere una cosa y otros quieren otra/

Y la sangre siempre corriendo en sentido contrario/

siempre en sentido contrario…/

 

Fragmentos del poema Diciembre 20, de Daniel R. Martínez

 

 

 

 

 

 

 

“Y la sangre corriendo en sentido contrario… siempre”

 

      Habían pasado las 16 horas. En la Avenida de Mayo al 600, casi esquina Chacabuco, frente al edificio de vidrios negros donde funciona el banco HSBC, un grupo de resistentes habría tirado piedras y pateado las puertas. Desde adentro del edificio respondieron con balas de plomo. “Uno de esos tiros dio en la cara de un joven de pantalón corto y remera. Corrió tambaleante unos metros, cayó en el pavimento. Alrededor se formó una ronda de caras sudadas y llenas de dolor. La sangre del joven brotó a raudales y avanzó y escurrió por una alcantarilla”.

      De acuerdo al testimonio de numerosos testigos, así murió Gustavo Ariel Benedetto, una de las cinco personas que asesinó la Policía Federal esa calurosa tarde de diciembre en la capital. Benedetto tenía 23 años. La autopsia reveló que lo mató una bala calibre 9 mm., el calibre del arma reglamentaria de la policía.

      “Yo mismo vi que la policía tiraba con sus armas reglamentarias  hiriendo a varias personas”, aseguró Martínez. “Y queda para pensar: ningún policía murió. Si uno va con premeditación, como se dijo, preparado para combatir a la policía, no vas a ir solamente con un delantal de heladero, como fui yo,  o con una gomera…”.

      De pronto, en medio de una de  las improvisadas barricadas que la gente armó  para resistir el avance de la policía, Martínez se vio arengando a los desconocidos que, como él, estaban allí, por bronca, indignación y determinación: Recuerda Martínez: “No tuve tiempo de reflexionar al calor de los hechos, grité varias veces, ´¡A qué vinimos, acá estamos, vamos!´, y tirábamos piedras y no refugiábamos, y así siempre. Creo que estaba en el lugar que me correspondía estar. Necesitaba estar ahí. Sabíamos que íbamos a atacar a la policía los 50 o 100 personas que resistíamos ahí. Nos quisimos quedar a luchar. No dijimos ‘vámonos, que nos van a matar’; no sé bien por qué, pero nos teníamos que quedar allí. Y muchos pensamos lo mismo. Todo fue espontáneo”.

      “La policía –refiere Martínez- estaba en su plenitud, estaba a gusto. Tiraban al cuerpo con todo. En un momento, exhausto por los gases, casi sin poder respirar, quedé tendido en el pasto. ‘Hasta acá llegué’, pensé. Entonces alguien me alcanzó un vaso de agua. Y seguí”. 

      Respecto de los saqueos que hubo en la ciudad de Buenos Aires ese día, Martínez coincide con la actitud de otros actores que participaron del estallido: “Dos o tres locos comenzaron a romper vidrieras, no recuerdo dónde… Rápidamente les aclaramos que no estábamos allí para eso, que la policía era el enemigo. Y los sacamos”.

      “Cuando me enteré que él (por el ex presidente Fernando De la Rúa) se fue en el helicóptero, dije: listo. Yo lo puse, yo lo saqué. Desde entonces, no voté nunca más” añadió Martínez.

 

 

“Hacer lo que te guía el corazón”

 

      “Llegar a la Plaza de Mayo y pedirle a De la Rúa que se vaya, eso era todo”, comentó el rebelde vendedor de helados, quien rápidamente agregó: “nadie va a que lo maten. Pero uno viene arrastrando bronca e impotencia desde hace muchos años. Me sentía más responsable por lo que hacía ese señor (se refiere a De la Rúa); además lo votamos para cambiar algo de lo que había hecho la rata” (el ex  presidente Carlos Menem).

      Más escéptico, y poniendo en discusión lo que algunos opinan, para Martínez no hubo grandes cambios desde aquellos días: “No sé si hubo un quiebre a partir del 20 de diciembre; quería que la movilización dure siempre, pero la gente se cayó. En esos días se insinuó una esperanza, se podía haber logrado más. Creo que por el sacrificio de los que murieron  en diciembre de 2001, hoy me siento defraudado. No se trataba de cambiar una cara por otra, era algo más. Y después de todo eso aparece Duhalde (2), no es justo”.

       “Estuve en otro de los  ‘cacerolazos’ contra Duhalde –continúa Martínez-, fue el 25 de enero de 2002. Casi a medianoche, cuando la gente (incluso había muchas familias con hijos que fueron a manifestar) se retiraba de la Plaza de Mayo en absoluta calma bajo una lluvia torrencial, la policía comenzó una represión inaudita. Si lo hicieron para amedrentar y asustar, en mi caso me empujó más a combatirlos. Fui a varias movilizaciones más. Luego dejé de ir, sentía que era inútil. No había organización. Hay mucha división entre la gente”.

      A más de tres años de gobierno del presidente Néstor Kirchner, este ciudadano autoconvocado, a pesar de compartir algunas medidas tomadas por el gobierno actual, afirma con tristeza: “Nada cambió. Las medidas políticas que tomó Kirchner respecto de los Derechos Humanos y otras, son las que debería tomar cualquiera que llegue al gobierno. No hace nada extraordinario, aunque me asombra que lo haga alguien que proviene del peronismo. Pero no veo un cambio de fondo”.

      A cinco años de aquellas jornadas de diciembre de 2001, Martínez prefiere no bajar los brazos en las formas de lucha cotidiana, y mira críticamente lo que ocurrió desde entonces con la movilización popular: “Hace falta movilización popular, pero no creo que sirvan estos cortes de los piqueteros. No son inteligentes. Tienen que coordinar, primero entre ellos, luego con otros sectores. Tienen que sentarse en un café –yo les pago el café- (risas), no pueden ser tan pelotudos. Apretar a quien te aprieta. Se ponen a mucha gente en contra, aunque tampoco defendería a más de uno que los critica. A veces, cuando iba a una marcha, no dejaban avanzar el colectivo siendo que varios íbamos para la Plaza de Mayo. Yo no creo que para cambiar la historia haya que ir y matar a la policía solamente o quemar un edificio. Hay que hacer lo que te guía el corazón, y también luchar desde tu lugar: Con Edesur, con Telefónica, con quién sea. Si todos nos movilizáramos contra las empresas, por ejemplo, la historia sería otra. No puedo creer que en este país falte energía o gas” reflexiona Martínez.

 

      La cortina de la heladería “La Cabaña” está cerrada. Martínez aprovecha el día de descanso para hacer algunos arreglos en el local que él mismo ambientó artesanalmente con madera.

Y apoyado en la barra, entre diarios, libros, herramientas y un grabador de periodista que recoge su testimonio, Martínez enfatiza: “Siempre la culpa la tenemos nosotros. Nosotros tenemos que hacer el sacrificio. Se lo escuché decir a mi abuelo, a mi viejo, fue siempre lo mismo. Uno no puede ser tan idiota. Cuando entrás a tu casa y no tenés para los impuestos,  para tu hijo que te pide para la escuela o para algo, no te alcanza para la comida, para vestirte, en algún momento  hay que darse cuenta: uno pone el esfuerzo y la vida y los frutos siempre se los lleva otro. No hace falta que seas peronista, radical o marxista; es cuestión de sentido común. O sos incapaz o te joden. No creo que esto se solucione con ir a votar cada cuatro años. Como le dije a un amigo el otro día, yo creo que la resistencia es una actitud de vida”.

 

 

 

Notas:

 

 

1. Carlos Ruckauf (PJ), entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, y sobre quien pesan acusaciones de provocar los saqueos en la provincia, usando el aparato partidario.

 

2. El 1º de enero de 2002, la Asamblea Legislativa proclamó a Eduardo Duhalde presidente provisional. Hubo 262 votos a favor, 21 en contra y 18 abstenciones.

 

 

 

Fotografías:

 

Juan C. Benavente

 

 

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