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Movimientos sociales y pensamiento crítico

Publicación de Nexos - Programa de articulación entre Universidad y Movimientos Sociales      

Año III, Nº VIII                                                                                          Abril – Junio de 2007 

 

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Pájaros de la muerte

 

 

 

por Hugo O. Yáñez

 

 

 

 

Algo terriblemente abrumador se cernía sobre la costa, sobre las montañas, sobre la aldea, sobre el valle... Sin embargo todo parecía tan tranquilo: Las embarcaciones de los pescadores. Las aves, graznando y volando alrededor de las naves, sobre la playa. Los habitantes del pueblo... Parecía increíble que la gente pasara aquel día como otro cualquiera; un día entre los días de una guerra interminable.

 ¡Oh Tiempos!

Algunos niños jugaban en las calles. Santiago no estaba entre ellos. Como todas las tardes se sentaba en la puerta de la peluquería, desde donde dominaba el muelle, la plaza y la iglesia, y esperaba, eternamente. Mientras, penetraba lenta y dolorosamente en una adolescencia sin padre, acechando en esa misma vereda la llegada de algún marino que le trajera noticias de la guerra o, tal vez, si tenía suerte, sobre ese hombre cuya cara ya casi había olvidado.

Las horas pasaron implacables. Al fin, cansado, sucio y hambriento como uno de esos perros del muelle, Santiago montó en su bicicleta y partió, cuesta arriba, por la desierta calle empedrada sin saber que en la taberna un recién llegado, manco y de uniforme, bebía una cerveza.

 

 

Por la misma avenida de adoquines bajaba un sacerdote; su figura era negra como el interior de la taberna desde donde los ojos del manco la vieron pasar, detenerse, volver atrás y sumergirse en la densa atmósfera del lugar con los brazos abiertos y exclamando: ¡Antonio! ¡Antonio!

 El manco reconoció entonces al padre Roberto, párroco del pueblo, y fue inevitable que ambos se confundieran en un abrazo largo en medio de la tasca, ante la indiferente presencia de la ociosa clientela.

 -¿Vuelves del frente? -preguntó el cura.

 -Mutilado. -respondió el manco mientras mostraba el muñón a su interlocutor.

 -¿Pedro... aún vive?

 -¡Claro! Y ya debe estar en camino.

 -¡Vamos! Hay que avisarle al chico.

 El cura arrastró al manco fuera de la cantina. Santiago se alejaba, cuesta arriba, por la calle desierta. Ignoraba lo que sucedía detrás.

 De pronto... Un rumor de bestias acercándose desde el horizonte.

Tres puntos negros, pájaros de la muerte, aparecieron en él y crecieron más y más a medida que se aproximaban, a toda velocidad, imponentes y terribles.

 El chico saltó de la bicicleta y corrió a refugiarse. Allí estaban el párroco y el soldado. Las sombras de los aviones oscurecieron el pueblo. El sacerdote abrazó al niño y, los tres, apretados contra la pared esperaron las bombas. Entonces, imprudentemente, el cura susurró al oído de Santiago: ¡Tu padre está vivo! Pronto lo tendrás a tu lado.

 Fue una explosión. Santiago lo miró, atónito. Sin embargo, sin dudarlo siquiera, con los ojos llenos de lágrimas y el rostro iluminado, corrió hacia la bicicleta y voló a contarle a su madre.

 Con el rugir de los dragones, verdes sus vientres, los aviones volvieron a sobrevolar, rampantes, las calles del caserío. Las bombas estaban listas. Pronto, criminal e inútilmente, caerían.

 Calle arriba algunas caras se asomaron a las ventanas al ver pasar al chico. Su madre esperaba en la puerta. La abuela tembló al escuchar caer las primeras bombas y se precipitó al exterior. Santiago pedaleaba desesperadamente hacia su hogar.

 Algunos árboles se convirtieron en astillas. Algunas paredes desaparecieron, pero nada atemorizó al niño. ¡Mamá debía recibir la noticia!

 En la carrera la abuela rodó por el empedrado. La gente desde sus ventanas, gritó aterrada. Una casa se desmoronó estrepitosamente y una lluvia de escombros y retorcidos hierros comenzó a caer sobre los asombrados pobladores.

 Mamá se cubrió la boca y, con los ojos muy abiertos esperó a su hijo que aún pedaleaba, para abrazarlo y besarlo. Sus piernas siguieron girando hasta que la fuerza en ellas se extinguió. La bicicleta continuó deslizándose por la calle, cada vez más lentamente. La abuela, aún en el suelo, la siguió con la mirada, absorta. Los pies del chico, ya sin energía, colgaron pesadamente y los pedales golpearon sus puntas hasta que al fin... niño y bicicleta cayeron frente al blanco portal de la casa paterna, casi en brazos de su madre.

 Santiago no pudo hablar. Las palabras quedaron en el sendero de sangre que dejara detrás de sí. Un sendero que corría cuesta abajo por el empedrado hasta donde se había producido el impacto, y un poco más allá, donde yacía su cabeza, apoyada en un almohadón de adoquines, contra el cordón, con la boca y los ojos abiertos, contemplando como por ese eterno mar los aviones se alejaban lentamente hacia el horizonte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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